Comprar ladrillos sin comprar un departamento: la inversión que debutó en la Bolsa

Durante décadas, el negocio inmobiliario estuvo reservado para quienes podían comprar una propiedad. Un nuevo fondo que debutó en la Bolsa busca romper esa barrera y permitir que pequeños ahorristas inviertan en ladrillos con montos mínimos y mayor liquidez

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Durante generaciones, la fórmula del ahorro argentino fue casi una religión. El que lograba juntar algunos dólares soñaba con llegar al departamento propio. Y quien conseguía comprar uno, buscaba el segundo para alquilarlo. Los ladrillos eran mucho más que una inversión: eran una forma de protegerse de la inflación, las devaluaciones y las crisis recurrentes.

El problema es que esa puerta se fue cerrando para una enorme cantidad de ahorristas. Los precios de las propiedades, los costos de escritura, los impuestos y la necesidad de inmovilizar grandes sumas de dinero transformaron al mercado inmobiliario en un club cada vez más exclusivo.

Ahora, una novedad llegada desde el mercado de capitales busca cambiar esa lógica. Esta semana debutó en la Bolsa argentina el primer fondo inmobiliario abierto al público con formato similar a los REIT que funcionan desde hace décadas en Estados Unidos y otros mercados desarrollados. La propuesta apunta a una idea tan simple como disruptiva: permitir que cualquier persona pueda invertir en inmuebles sin necesidad de comprar una propiedad. Vale decir que ya existen algunas iniciativas de estas características en el mercado pero hasta ahora era sin pasar por la Bolsa.

La iniciativa fue impulsada por Grupo IEB y Grupo Briones, que lograron captar más de US$45 millones durante la colocación inicial, una cifra que triplicó las expectativas originales de los organizadores y sorprendió incluso a los protagonistas del lanzamiento.

La pregunta que surge inmediatamente es qué está comprando realmente quien invierte en este instrumento. La respuesta es que no adquiere un departamento, una oficina o un local comercial específico. Lo que compra son cuotapartes de un fondo que invertirá en una cartera diversificada de activos inmobiliarios capaces de generar renta y valorización en el tiempo.

En otras palabras, el inversor participa del negocio inmobiliario sin convertirse en propietario directo de una propiedad.

La diferencia parece sutil, pero cambia por completo las reglas del juego. Quien compra un departamento debe desembolsar una suma importante de dinero, asumir gastos de mantenimiento, afrontar períodos de vacancia si decide alquilarlo y, llegado el momento de vender, aceptar que la operación puede demorar meses o incluso años.

En cambio, las cuotapartes del fondo pueden comprarse y venderse en el mercado de capitales con mucha mayor facilidad, aportando un nivel de liquidez históricamente ausente en el negocio inmobiliario tradicional.

El concepto no es nuevo en el mundo. En Estados Unidos, los REIT administran cientos de miles de millones de dólares y permiten a pequeños inversores participar en negocios tan diversos como edificios corporativos, centros logísticos, hoteles, centros comerciales, residencias estudiantiles o parques industriales.

Lo novedoso es que Argentina finalmente comienza a desarrollar instrumentos similares. El momento tampoco parece casual. Tras años de caída en la actividad inmobiliaria, el sector empieza a mostrar señales de recuperación. El crédito hipotecario volvió a aparecer en escena, las escrituras comenzaron a crecer en varias ciudades y la desaceleración de la inflación ayuda a reconstruir horizontes de inversión de mediano plazo.

En paralelo, el mercado de capitales argentino busca ampliar la oferta de instrumentos disponibles para captar ahorros que hasta ahora permanecían fuera del sistema financiero formal.

La combinación de ambos procesos ayuda a explicar por qué la colocación despertó tanto interés.

Desde la mirada del pequeño inversor, además, existe otro atractivo evidente. La posibilidad de acceder al negocio inmobiliario sin necesidad de disponer de cientos de miles de dólares.

Durante años, la única manera de participar del mercado era comprando una propiedad completa. Hoy aparece una alternativa que permite ingresar con montos mucho menores y diversificar riesgos entre distintos activos.

Por supuesto, no se trata de una inversión libre de riesgos.

La rentabilidad dependerá de la calidad de los activos seleccionados, de la evolución del mercado inmobiliario, de la gestión profesional del fondo y de las condiciones económicas generales.

Pero más allá de cuál termine siendo su desempeño, el lanzamiento marca un cambio cultural importante.

Porque la verdadera novedad no es financiera. Es conceptual.

Por primera vez, el mercado argentino intenta separar dos ideas que durante décadas parecieron inseparables: invertir en ladrillos y comprar una propiedad.

Y si el experimento funciona, podría abrir una nueva etapa para miles de ahorristas que siempre quisieron participar del negocio inmobiliario, pero que nunca lograron reunir el capital necesario para cruzar la puerta de una escribanía.

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