Hay semanas en las que la economía no se deja leer en una planilla, sino en el humor de quienes venden, fabrican, construyen, importan, exportan o intentan cobrar. El arranque de abril dejó una señal difícil de disimular: el consumo no encuentra piso, los precios volvieron a remarcarse por encima de lo que muchos esperaban y el crédito, lejos de aflojar, se convirtió en un torniquete cada vez más apretado.
El problema no es uno solo. Es un combo. Comercios con ventas flacas, familias más endeudadas, bancos endureciendo condiciones, tasas que no ayudan y una morosidad que empieza a dejar de ser ruido de fondo para convertirse en tema político. Tanto, que en el Congreso la oposición quiere avanzar con proyectos para regular tarjetas, tasas y parte del negocio financiero que orbita por fuera de la banca clásica, con nombres de peso en el radar. En esa discusión, Mercado Libre ya dejó de ser solo una plataforma tecnológica para convertirse también en jugador de un debate regulatorio que promete temperatura.
La foto tiene algo de ironía brutal. Mientras parte del relato oficial se apoya en la estabilidad cambiaria y en el entusiasmo de sectores vinculados a los dólares, en la calle aparece otra película: la del sueldo que corre de atrás, la del consumo que no rebota y la de las empresas que empiezan a mirar el calendario con más miedo que ambición. El dólar puede haber cerrado la semana por debajo de los $1.400 en el Banco Nación, con una cosecha gruesa que promete reforzar la oferta de divisas en el segundo trimestre y un Gobierno que sigue desarmando el cepo con pasos graduales, pero esa calma financiera no se traduce de manera lineal en alivio para la economía real. Más bien al contrario: refuerza la apreciación cambiaria y expone con más crudeza a quienes dependen del mercado interno.
Ahí es donde el consumo vuelve a quedar en el centro. La remarcación en listas de precios sorprendió incluso a actores que ya venían anticipando una corrección, y esa nueva presión se montó sobre otro fenómeno igual de sensible: el repliegue del crédito. Los bancos pisan el freno, endurecen filtros y el acceso al financiamiento se vuelve más restrictivo justo cuando más empresas y hogares lo necesitan para atravesar el mes. El resultado es casi mecánico: más mora, más cheques tensionados, más refinanciaciones forzadas y más presión política para intervenir.
El malestar no termina en el mostrador. También atraviesa a la construcción, un sector donde conviven dos realidades que hoy parecen incompatibles. De un lado, los proyectos que avanzan y se venden como una apuesta de largo plazo sobre activos bien ubicados, usos mixtos, paisaje, marca y renta futura. Del otro, la construcción golpeada por la falta de crédito hipotecario masivo, por ingresos que no acompañan y por desarrolladores que ya no discuten cuánto crecer, sino si el mercado efectivamente tocó fondo o todavía no.
Ese contraste se vio con claridad en Converge. Allí aparecieron las preguntas que nadie logra responder con certeza: si ya se llegó a un piso, si la demanda puede reactivarse sin financiamiento, si la obra privada premium puede convivir con un mercado medio anestesiado y cuánto más resiste el ecosistema antes de que aparezcan nuevos conflictos como los que hoy ya golpean a algunos jugadores del sector.
Porque no todo son renders prolijos y cócteles de lanzamiento como festejó el viernes Fundar sus 40° aniversario en el Castagnino. El caso Pilay, que escaló a la Legislatura provincial, funciona como recordatorio de que cuando el negocio se traba, el conflicto social y político deja de ser amenaza abstracta. Y hay quienes creen que podrían aparecer más episodios de ese tipo si no se recompone algo tan elemental como la previsibilidad.
Sin embargo, aun en medio de ese clima, el ladrillo sigue produciendo noticias. Edilizia empuja MiraRío en San Lorenzo como una de las apuestas más ambiciosas para redefinir el vínculo urbano con el Paraná, y este lunes tendrá un nuevo capítulo con el relanzamiento formal del proyecto en un evento pensado para reposicionarlo en el mercado. La incorporación de Edeca para avanzar sobre la barranca no es un detalle técnico: es una señal de escala. El proyecto mezcla residencias, oficinas, gastronomía, paseo comercial y una intervención compleja sobre un activo natural que busca convertir al frente costero en valor inmobiliario. Allí la promesa no es solo construir metros cuadrados, sino vender paisaje, experiencia y una nueva centralidad urbana.
En paralelo, Edeca y Pellegrinet avanzan con Paséa, frente al aeropuerto, en otro formato de ciudad compacta y rentable: un town center con locales, gastronomía, cine, hotel, centro médico, coworking, espacios universitarios, gimnasio, áreas verdes y estacionamiento. Más que un desarrollo, se presenta como una tesis sobre hacia dónde quieren ir ciertos negocios inmobiliarios: usos mezclados, escala metropolitana, circulación permanente y capacidad de capturar consumo, servicios y renta en un mismo punto. En esa lógica, el proyecto ya muestra avances concretos: la construcción de las cocheras subterráneas sigue su curso y las obras de infraestructura vial asociadas —clave para el entorno de Fisherton— deberían estar terminadas dentro de unos tres meses.
También Funes sumó una postal de esa economía que todavía apuesta. La familia de Ángel Di María consolidó allí su presencia con la inauguración de la sede de su firma inmobiliaria, en alianza con Edilizia para comercializar Capua. No es solo una noticia de celebridad. Es, sobre todo, una validación de marca para una plaza que quiere seguir vendiéndose como destino aspiracional de inversión, vivienda y valorización. De hecho, en el mercado reconocen que la participación de Edilizia no pasó desapercibida: otras desarrolladoras ya empezaron a mostrar interés en sumarse o vincularse a iniciativas en ese mismo eje, en busca de capturar parte de ese efecto derrame.
Pero mientras algunos proyectos avanzan con discurso premium, otros muestran que ni la costa ni el marketing alcanzan por sí solos. La nueva licitación de la guardería náutica del centro rosarino lo confirma mejor que cualquier teoría. Se trata del cuarto intento por concesionar uno de los predios más estratégicos frente al Monumento. Esta vez, la Municipalidad volvió a la carga con cambios en el modelo de negocio para seducir a privados: habilitación de locales comerciales y gastronómicos, concesión por 15 años con posible prórroga, canon mínimo de $28 millones, fuerte exigencia patrimonial y una obra integral que no se limita a guardar embarcaciones sino a rehacer el espacio desde cero. En ese esquema aparece un dato relevante: hay al menos tres empresarios locales, con negocios complementarios entre sí, que decidieron asociarse para presentarse juntos al proyecto, entusiasmados con la posibilidad de darle una lógica más integral y económicamente viable al predio. Traducido: la costa sola ya no alcanza; ahora tiene que facturar.
La industria, en tanto, mira todo esto desde otro lugar: el del golpe. Ahí el deterioro ya no es percepción, sino estadística y clima de fábrica. La caída del consumo pega de frente, pero no es lo único. También pesa la apreciación cambiaria, que abarata importados y obliga a competir en condiciones mucho más ásperas, y una mayor apertura que deja a muchas líneas productivas en una intemperie que recuerda los peores momentos. En algunos segmentos, la producción se mueve en niveles que remiten a épocas de parálisis.
El fenómeno se empieza a notar con fuerza en rubros concretos. Tractores, heladeras y otros bienes donde la importación aparece como alivio de precios para el comprador, pero como amenaza directa para la industria local. La discusión ya no pasa por una consigna abstracta sobre competitividad, sino por una pregunta incómoda: cuánto de esta baja de precios se sostiene sin llevarse más puestos de trabajo, plantas y proveedores.
Por eso los gigante de la acería siguen con especial atención otra frontera: la importación de materia prima. No solo preocupa el producto terminado. También inquieta lo que pueda pasar si empieza a entrar insumo importado de forma masiva, desacomodando cadenas completas. El cierre del cuatrimestre será una primera prueba para ver si ese movimiento ya se materializó o si todavía está en fase de advertencia.
En la hidrovía, en cambio, el tono es otro. Allí el Círculo Rojo valoró los avances en el proceso de privatización y celebró que DEME y Jan de Nul hayan superado la primera etapa de la licitación, mientras DTA Engenharia quedó afuera por no cumplir con garantías clave. Para el complejo exportador, no se trata de una discusión secundaria: está en juego la principal vía de salida del comercio exterior argentino y una concesión de escala multimillonaria. La señal hacia adelante es clara: en la Argentina que genera dólares, todavía hay negocios con horizonte. Y eso, para quienes miran el país desde la lógica de la exportación, vale más que cualquier slogan. También están los que quieren voltear la compulsa.
Algo parecido explica la misión comercial de Santa Fe en Brasil. Del 14 al 16 de abril, más de una docena de empresas alimenticias de la provincia viajarán a Curitiba para participar en Expo Apras, dentro de una comitiva nacional coordinada por Came, PromArgentina y la Agencia Argentina para la Promoción de Inversiones. El objetivo no tiene vueltas: dejar de hablar de potencial exportador y empezar a ocupar góndolas concretas en el sur brasileño. Paraná ofrece cercanía, escala, consumo compatible y una logística ya aceitada. Para pymes santafesinas, es una oportunidad menos épica y más urgente: vender afuera lo que adentro cuesta cada vez más colocar.
La delegación expone además una imagen interesante de Santa Fe: grandes jugadores conviviendo con firmas que buscan su primer salto internacional. Desde quesos y harinas hasta alfajores, snacks, panificados, pastas, legumbres, aceites y frutos secos. En tiempos donde el mercado interno se enfría, cruzar la frontera empieza a ser menos un plan de expansión que un mecanismo de supervivencia.
La política, por supuesto, no mira todo esto desde la tribuna. También juega. Y bastante. En el Congreso nacional, el peronismo ya empuja la agenda sobre financiamiento, tarjetas y regulación de tasas. En Santa Fe, mientras tanto, el Gobierno provincial se replegó sobre una lógica más defensiva: garantizar medicamentos, alimentos, sostener la obra pública en marcha y buscar ingeniería para no frenar lo que ya empezó. El deterioro fiscal obliga a recalcular todo el tiempo, y la caída de la coparticipación y de la recaudación propia mete una tensión de fondo que ya impacta sobre prioridades, caja y política interna.
Pullaro, que en otra etapa encarnó un impulso expansivo en infraestructura, hoy se mueve en un territorio más áspero. La apuesta pasa por sostener obras en ejecución, aprovechar el colchón financiero conseguido en Nueva York, capturar recursos donde aparezcan y diseñar esquemas de obra pública sin plata, apalancados en tierras y asociación con privados. Puerto Norte y la estación Belgrano en Santa Fe capital, entre otros, aparecen como piezas posibles de ese ajedrez: el Estado aporta suelo; el privado urbaniza, invierte y monetiza.
Ese repliegue económico coincide con un reacomodamiento político. La interna en Unidos dejó chispazos públicos, con Felipe Michlig cruzando a Lisandro Enrico por obras, radicales marcando diferencias y socialistas recordando que, después de dos años de gestión, toca rediscutir prioridades. No es una crisis terminal, pero sí un ruido incómodo en un oficialismo que necesita mostrarse ordenado en un momento de restricción.
Del otro lado, el peronismo empieza a barajar sus cartas para 2027. Germán Martínez aparece como una de las voces que más empujan agenda en el Congreso; Diego Giuliano, Pablo Corsalini y Omar Perotti también emiten señales en un tablero donde nadie quiere quedar fuera de la mesa de negociación. La oposición entiende algo básico: si la economía sigue crujiendo abajo, habrá margen para crecer arriba. Pero también sabe que sin unidad, esa oportunidad puede evaporarse rápido.
En el fondo, todo forma parte de una misma escena. Santa Fe no está frente a una sola economía, sino frente a varias al mismo tiempo. Está la que exporta y se entusiasma con la hidrovía, Brasil y los dólares del agro. Está la que sigue apostando al ladrillo premium, a los usos mixtos y a las marcas de alto impacto. Está la que pelea por rentabilizar activos urbanos estratégicos como la guardería náutica. Y está, también, la que vende menos, fabrica con miedo, toma crédito caro, entra en mora y empieza a mirar al Estado como último amortiguador.
Ese es el verdadero nudo del momento. No alcanza con decir que hay sectores ganadores y perdedores. Lo que está emergiendo es algo más incómodo: una economía donde los negocios con escala, dólares, tierra bien ubicada o espalda financiera todavía encuentran aire, mientras el resto empieza a discutir no cómo crecer, sino cómo no asfixiarse.

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