Cada 16 de julio el mundo tecnológico marca el Día de la Apreciación de la Inteligencia Artificial. Nació en 2021, casi como un gesto simbólico. Cinco años después, la fecha dejó de ser un brindis tech y se volvió una cuestión de balance.
La consultora McKinsey estima que la IA generativa podría sumar entre 2,6 y 4,4 billones de dólares por año a la economía global. Una cifra que roza el producto de una potencia mediana entera.
El dato tiene su contracara incómoda. El 88% de las organizaciones ya usa IA en al menos una función. Sin embargo, apenas el 39% reconoce un impacto concreto en su resultado operativo.
Hay otro número que invita a pensar. La adopción de IA en las organizaciones trepó del 78% al 88% en apenas un año. La velocidad del cambio dejaría poco margen para mirar el partido desde el banco.
Esa brecha entre adopción y rentabilidad sería hoy el verdadero campo de juego. Tener la herramienta no alcanza. El valor aparece cuando se rediseña el proceso, no cuando se pega un chatbot arriba de lo viejo.
Conviene mirar el número más filoso del último relevamiento. Solo el 21% de las empresas que usan IA generativa rediseñó en serio sus flujos de trabajo. El resto todavía la trata como un juguete caro.
Para el entramado productivo de la Región Centro, la lectura sería directa. La ventaja competitiva ya no estaría en comprar la tecnología, sino en la disciplina para reorganizar la operación alrededor de ella.
El agro de la región tampoco queda afuera. Modelos que predicen rindes, ordenan la logística hacia el puerto de Rosario o ajustan la aplicación de insumos ya conviven con la maquinaria en muchos campos del sur santafesino.
El origen del término ayuda a dimensionar el momento. Lo acuñó el científico John McCarthy en 1956. Recién ahora, casi siete décadas después, la promesa empezó a tocar la caja real de las empresas.
La inversión acompaña ese giro. Durante 2024, el capital volcado a proyectos de IA superó los 124.000 millones de dólares. Es plata que persigue retorno, no aplausos ni titulares.
Un segmento se recalienta más rápido que el resto. La llamada IA agéntica —sistemas que ejecutan tareas por su cuenta— atrajo más de 1.100 millones de dólares y disparó un 985% las búsquedas laborales asociadas.
Para una pyme rosarina, la traducción sería bien concreta. Automatizar la atención al cliente, ordenar la cobranza o anticipar quiebres de stock dejó de exigir un departamento de sistemas o un presupuesto de multinacional.
No todo es viento a favor. Un informe reciente advierte que la IA estaría amplificando una "economía en K", donde quienes la adoptan temprano se despegan y los rezagados quedan cada vez más atrás.
Esa dinámica tiene nombre viejo y efectos nuevos. El que domine la herramienta ganará productividad; el que la ignore competirá contra rivales que producen más barato y más rápido con la misma cantidad de gente.
El cuello de botella no sería la tecnología, sino el talento. Conseguir perfiles que combinen el conocimiento del negocio con el manejo fino de estas herramientas se volvió una pelea de fondo entre las empresas.
El entusiasmo viene de arriba. Sundar Pichai, CEO de Google, llegó a definir la IA como "más profunda que la electricidad o el fuego". La frase suena exagerada, pero marca la apuesta de fondo de la industria.
El propio creador de la efeméride, el publicitario Jason Kirton, la pensó con doble filo. Buscaba un día para celebrar los avances, pero también para discutir los riesgos, la ética y la regulación pendiente.
En una economía como la argentina, atravesada por costos que se mueven todo el tiempo, la eficiencia que promete esta tecnología tendría un atractivo extra. Hacer más con lo mismo dejó de ser un lujo.
Los especialistas consultados en la última edición coincidieron en un punto. El diferencial de los próximos años no lo marcaría el tamaño de la empresa, sino la velocidad con que cada una aprenda a trabajar junto a estas máquinas.

Comentarios