En 2020, Bioceres Crop Solutions —el gigante agtech argentino que cotiza en Nasdaq— decidió separar uno de sus proyectos más ambiciosos y convertirlo en compañía propia: Moolec Science. La firma se propuso incluir el código genético de proteínas animales dentro del genoma de plantas comestibles, una técnica bautizada molecular farming. La promesa era tan simple como disruptiva: hacer que una planta produjera, literalmente, proteína animal.
Si bien el proyecto tomó forma ejecutiva de la mano de Gastón Paladini —miembro de la familia dueña de la tradicional empresa chacinera, aportando la visión de la industria alimenticia—, la iniciativa contó con dos pilares clave. Por un lado, la visión técnica del experto neerlandés Henk Hoogenkamp en proteínas alternativas. Por el otro, el verdadero cimiento biotecnológico: las patentes y plataformas desarrolladas en Rosario por el INDEAR (Instituto de Agrobiotecnología del Rosario), el brazo de I+D creado por Bioceres en alianza público-privada con el CONICET. Fue allí donde científicos locales lograron convertir plantas de cártamo en biorreactores, el antecedente directo que entusiasmó a Paladini para dar el salto hacia las proteínas cárnicas.
El envión llegó en 2022. Moolec debutó en Nasdaq bajo el ticker MLEC tras fusionarse con la SPAC LightJump Acquisition Corp, en una operación que valuaba a la compañía en 504 millones de dólares. El día del debut, el mercado se entusiasmó todavía más: el valor de la compañía llegó a superar los 1.200 millones de dólares, un salto del 266% que la convirtió, por unas horas, en la nueva "unicornio" argentina.
La gran apuesta: fusionarse con toda la estructura de Bioceres
Tres años después, en abril de 2025, Moolec dio el volantazo más grande de su historia corta: en lugar de seguir siendo una subsidiaria satélite del universo Bioceres, pasó a ser la cabeza de ese universo. La compañía cerró una combinación de negocios por la cual absorbió a Bioceres Group Limited, Nutrecon LLC y Gentle Technologies Corp, y de paso trasladó su domicilio legal de Luxemburgo a Islas Caimán.
Contablemente, la operación se registró como una "adquisición inversa": Bioceres Group, el socio históricamente más grande, terminó siendo tratado como el comprador, y Moolec —la empresa que en papeles absorbía a todas las demás— pasó a ser la "adquirida".
Las grietas: la advertencia que la propia empresa puso por escrito
El 29 de diciembre de 2025, Moolec presentó ante la SEC su informe anual (Formulario 20-F) correspondiente al ejercicio cerrado el 30 de junio de 2025. Ahí, en la sección "Going Concern", la compañía hizo una confesión que pocas empresas hacen en público: al cierre del año fiscal tenía un capital de trabajo negativo de US$204,9 millones, un patrimonio neto negativo de US$82,9 millones y pérdidas operativas recurrentes por US$104,2 millones, con un resultado neto anual de US$154,6 millones en rojo.
La compañía admitió que, sin conseguir capital adicional, el grupo no podría sostener sus operaciones, y que dependía de que sus accionistas siguieran aportando fondos, sin ninguna garantía de que eso fuera a ocurrir.
¿Cómo se llegó a esto? El propio informe lo explica: en junio de 2025, Bioceres Crop Solutions (BIOX) —la joya histórica del grupo, la que le daba acceso a crédito a toda la estructura— renegoció su deuda con bonistas, y ese acuerdo terminó en la pérdida de control de BIOX por parte del grupo Bioceres.
El resultado fue que el acceso al financiamiento que hasta entonces tenían Bioceres S.A., Bioceres LLC, Bioceres Group Limited y la propia Moolec quedó restringido. Ese mismo mes, Bioceres S.A. entró en default por una deuda de US$36,4 millones, y en julio Bioceres LLC recibió notificación de incumplimiento por otros US$69,5 millones, lo que derivó en el remate de acciones de BIOX que tenía en garantía.
El efecto dominó: tres quiebras en tres meses
Lo que siguió fue una cadena de derrumbes dentro del propio grupo. El 28 de noviembre de 2025, Theo I SCSp —uno de los vehículos de inversión ligados a Moolec— recibió una orden de pago condicional de un tribunal de Luxemburgo y sus socios generales iniciaron el proceso para declararla en quiebra.
Menos de un mes después, el 16 de diciembre de 2025, el directorio de Bioceres S.A. aprobó formalmente el inicio de un proceso de quiebra voluntaria y, como consecuencia directa, arrastró también a su subsidiaria Bioceres LLC. Contablemente, esas pérdidas de control generaron ganancias extraordinarias por desconsolidación (unos US$9,5 millones por Theo I y más de US$91 millones por Bioceres S.A., según la propia compañía informó a la SEC), pero el mensaje de fondo era el mismo: la estructura que sostenía financieramente a Moolec se estaba desarmando pieza por pieza.
La jugada de Sartori: un nuevo dueño en plena crisis
En medio de ese derrumbe, hubo un movimiento que llamó la atención de la prensa especializada. El 1° de abril de 2026, Agriculture Investment Group Corp (AIGC) —identificado en el mercado como uno de los principales vehículos del entramado inversor vinculado a Juan Sartori— pasó a controlar el 65,1% de Moolec tras la conversión de acciones preferidas en ordinarias.
El aumento de participación se dio justo cuando Bioceres S.A. y Bioceres LLC ya estaban en default y avanzaban hacia la quiebra, y coincidió con una ganancia contable extraordinaria cercana a los US$95 millones para la estructura controlada por Sartori. Es decir: mientras una parte del grupo se caía a pedazos, el actor que ya tenía el control de facto decidió profundizarlo.
Después, versiones sobre un "dedo anónimo" dentro del ecosistema Bioceres que señala hacia arriba en la estructura societaria de Moolec, sosteniendo que ahí "hay activos para responder a los acreedores", y que la sociedad rosarina fue la "100% beneficiaria de la decisión de mandar a la quiebra a Bioceres SA". A eso se suma una presentación judicial que acusa a la conducción de Bioceres de haber ejecutado una maniobra de "vaciamiento", trasladando los activos más valiosos (patentes, registros de semillas HB4, biotecnología) hacia las entidades del exterior por valores inferiores a los de mercado, mientras se dejaba caer en default a la sociedad local.
El golpe inesperado: cuando los propios abogados demandan
Si algo faltaba para completar el cuadro, llegó en julio de 2026. El estudio Linklaters LLP, de Nueva York, presentó una winding up petition —una petición de liquidación forzosa— contra Moolec Science SA ante la Grand Court de Islas Caimán, el mismo tribunal que adquirió jurisdicción sobre la empresa apenas un año antes, cuando Moolec trasladó su domicilio societario a ese territorio.
El detalle no es menor: Linklaters no era un acreedor cualquiera, sino el propio estudio que había asesorado legalmente a Moolec en la fusión con Bioceres Group, Nutrecon y Gentle Tech. La petición, según trascendió, está motivada por honorarios legales que la empresa no habría pagado.
El mercado reaccionó de inmediato. El 14 de julio de 2026 se conoció la noticia de la petición de liquidación, y al día siguiente la acción de Moolec fue suspendida en Nasdaq por una pausa de volatilidad, para luego reanudar la rueda en medio de fuertes movimientos de precio.
Una winding up petition en Islas Caimán no es un trámite menor: si un tribunal la hace lugar, la empresa pierde el control de sus propios directores, se designan liquidadores oficiales y se activa una moratoria sobre los reclamos contra la compañía. No implica que eso vaya a ocurrir —Moolec puede negociar un pago, llegar a un acuerdo o disputar la deuda ante el tribunal—, pero mientras tanto la amenaza queda flotando sobre la empresa.
El factor clave: ¿quién se queda con las patentes si llega la quiebra?
Si la Grand Court de Islas Caimán decide dar lugar a la petición presentada por Linklaters, el destino de las patentes de molecular farming —el activo científico intangible sobre el cual se construyó todo el modelo de negocio— quedará bajo las reglas estrictas del derecho de insolvencia internacional. Los directores perderían el control, se designarían liquidadores oficiales, y en ese escenario las patentes serían valuadas y potencialmente subastadas, con prioridad absoluta para los acreedores garantizados por sobre el resto.
Voces del ambiente científico: "una destrucción de valor sin sentido"
Fuentes del entorno científico local consultadas por Ecos365 —que pidieron reserva de identidad— plantean una lectura más cruda del proceso. Sostienen que la actual conducción del grupo llevó a Bioceres S.A. a la quiebra de manera innecesaria, con una gestión desordenada de sus pasivos, y que hoy la compañía se resiste a poner una cifra relativamente menor —entre 2 y 3 millones de dólares, según esas fuentes— para sostener la operación. "Es una destrucción de valor sin sentido", resume una de esas voces.
Esas mismas fuentes señalan un capítulo puntual: el deterioro del vínculo con el Conicet, el organismo científico estatal que a través del INDEAR desarrolló junto con Bioceres buena parte de la tecnología detrás del HB4 y de las plataformas que hoy explota Moolec.
Según ese relato, BIOX sí habría trasladado a Moolec los pagos correspondientes a regalías de HB4, pero Moolec no habría trasladado a su vez la porción correspondiente a Conicet, dejando una deuda pendiente con el organismo. Se trata de una acusación formulada en off por fuentes del ambiente científico, que esta nota no pudo verificar con documentación pública ni con una confirmación de las partes; ni Moolec ni Conicet se han pronunciado públicamente al respecto. Vale mencionar que otras fuentes cercanas al conflicto sí afirman que del lado de Conicet la relación institucional "se está arreglando", lo que sugeriría gestiones en curso para resolver la situación.
De confirmarse, el señalamiento encajaría con el patrón que ya describen otras voces del ecosistema Bioceres: denuncias cruzadas de "vaciamiento" societario, con activos y flujos de caja del grupo local movidos preferentemente hacia las estructuras internacionales de Moolec y Bioceres Crop Solutions, en momentos en que la porción argentina del negocio —y sus socios científicos originales— quedaban cada vez más debilitados.
Dónde está Moolec hoy
A pesar de la tormenta financiera y legal, la operación de Moolec no se detuvo del todo: la compañía reportó avances como la industrialización de su plataforma de cártamo GLASO, la finalización de campañas comerciales en Idaho y un hito científico en la expresión de mioglobina bovina en semillas de guisante. En el plano bursátil, además, a comienzos de junio de 2026 Moolec había logrado regresar al cumplimiento de los requisitos de Nasdaq tras haber estado en falta, aunque sigue bajo un período de monitoreo de doce meses.
Pero el dato que resume mejor el derrumbe es el de la valuación: la compañía que en 2022 llegó a valer más de 1.200 millones de dólares hoy —según distintos trackers bursátiles— tiene una capitalización de mercado de apenas entre 5 y 10 millones de dólares.
La pelota está ahora en la cancha de la Grand Court de Islas Caimán, que en las próximas semanas o meses deberá resolver si Moolec Science consigue evitar la liquidación forzosa o si el capítulo que empezó como el sueño de convertir plantas en fábricas de proteína animal termina, literalmente, en un tribunal, con sus activos migrando de manos a una fracción de lo que prometían en Wall Street.

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