Suelo: el activo que vale más que la cosecha y ya paga hasta US$100 por hectárea en créditos de carbono

Cada 7 de julio el país recuerda a Hugh Hammond Bennett y su cruzada por cuidar la tierra. Seis décadas después, el suelo sano dejó de ser una preocupación agronómica para convertirse en un activo que cotiza: siembra directa, agtech y créditos de carbono le ponen precio

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Cada 7 de julio Argentina celebra el Día Nacional de la Conservación del Suelo. La fecha, instituida por decreto en 1963, homenajea a Hugh Hammond Bennett, el científico que convirtió el cuidado de la tierra en política de Estado.

Bennett, recordado como el "padre de la conservación del suelo", dirigió el servicio que Estados Unidos creó tras el Dust Bowl, la tormenta de polvo que en los años 30 arruinó campos enteros y expulsó a miles de familias.

Detrás de la efémeride hay un activo económico que solemos dar por sentado. El suelo es el capital productivo más valioso del país, la base sobre la que se apoya buena parte de nuestras exportaciones.

Los números invitan a mirar con atención. Según la Secretaría de Ambiente, cerca del 36% de los suelos argentinos sufre algún proceso de erosión, y estimaciones agronómicas elevan al 85% la superficie con pérdida de fertilidad.

Cada tonelada de tierra que se va con el agua o el viento es rendimiento futuro que no vuelve. La degradación no se ve en el balance de un año, pero erosiona el valor de un campo por décadas.

La buena noticia es que acá se gestó una de las respuestas más exitosas del mundo. Argentina es líder global en siembra directa, una técnica que evita arar y deja los rastrojos protegiendo el suelo.

Hoy esa práctica cubre más del 90% de la superficie de granos, unas 30 millones de hectáreas. El epicentro de esa revolución fue Rosario.

Allí nació en 1989 Aapresid, la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa, que transformó una idea de vanguardia en el estándar productivo de la Región Centro.

Franklin D. Roosevelt lo resumió en 1937 con una frase que todavía interpela: "La nación que destruye su suelo se destruye a sí misma".

Pero la siembra directa sola ya no alcanza. Los propios técnicos advierten que la adopción masiva no siempre mejora el balance de carbono ni la fertilidad, y en varias zonas la degradación avanza igual.

Ahí aparece el capítulo más interesante para quien busca oportunidades. El suelo sano dejó de ser solo un tema agronómico para volverse un negocio con reglas nuevas.

Los mercados voluntarios de carbono empezaron a pagar por regenerar tierra. Empresas como Ruuts o AIKE ofrecen incentivos que llegan hasta los 100 dólares por hectárea a productores que capturan carbono en sus campos.

El mecanismo es simple de entender. Cultivos de cobertura, mejor manejo de pastizales y menos labranza capturan CO2 en el suelo; esa captura se certifica y se transforma en créditos vendibles.

La Mesa Argentina de Carbono viene destacando el avance de estos proyectos, que combinan productividad con una fuente de ingresos que antes no existía. Para muchos, sería una segunda cosecha invisible.

El biocarbón, otra vía que se explora en el país, permite fijar carbono estable en la tierra y mejorar su estructura, sumando una alternativa más a esta economía naciente.

La inteligencia artificial acelera todo el proceso. Sensores, imágenes satelitales y modelos predictivos permiten medir la salud del suelo hectárea por hectárea, algo impensado hace una década.

Ese dato fino habilita agricultura de precisión: aplicar fertilizante justo donde falta, anticipar erosión y certificar capturas con la trazabilidad que los compradores internacionales exigen.

Para el ecosistema emprendedor local, el suelo se vuelve una plataforma. Agtech de monitoreo, plataformas de certificación y servicios de asesoramiento serían nichos con demanda creciente en la Región Centro.

En el mercado inmobiliario rural esa lógica ya se nota. Un campo con suelo cuidado y trazabilidad de carbono empezaría a valer más que uno vecino degradado, aunque rindan parecido en la próxima campaña.

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