El repentino nacionalismo de Javier Milei no expresa una conversión ideológica. Es pura necesidad electoral. El presidente quiere ser reelecto. Conserva un buen piso de respaldo, pero arrastra a la vez niveles muchos más altos de rechazo. Para superar ese obstáculo, precisa reconstruir una coalición lo más amplia posible con una apuesta clave: esta vez, debe evitar el balotaje. La otra pata para caminar hacia una victoria en primera vuelta es dividir al peronismo, algo para lo cual parece contar con la inestimable ayuda de los mismos peronistas.
Para recrear e incluso ampliar los acuerdos de la segunda vuelta de 2023, el presidente tiene un problema. Puede absorber al PRO a cambio de cargos, lugares en las listas y espacios de poder. Puede disciplinar a gobernadores dóciles mediante ATN, transferencias y acuerdos fiscales. Puede negociar con sectores empresarios, apoyarse en poderes externos y aprovechar el desprestigio general de la política. Pero le falta alguien para volver a ser aquel: Victoria Villarruel.
No necesariamente ella como persona, como dirigente. Pero sí lo que representaba dentro de la alianza que llevó a Milei al poder.
Aquel matrimonio fue por conveniencia, pero tenía una función. Él aportaba la motosierra, el mercado, el plan dolarizador, la promesa de dinamitar el Estado y el discurso anticasta. Ella, un discurso que invocaba a Dios, la Patria, las Fuerzas Armadas, Malvinas y la familia tradicional. No se amaban. Se necesitaban.
El divorcio desarmó esa fórmula. Y ahora Milei intenta vestirse con un ropaje que no le calza. Quiere ser él y ella al mismo tiempo: continuar como el liberal radical que desprecia las fronteras económicas y, a la vez, presentarse como custodio de la identidad nacional.
El archivo no perdona. El presente tampoco. ¿El hombre que dijo que Margaret Thatcher era una de sus referentes ahora es nacionalista? ¿El mismo que busca eliminar las restricciones a la compra de tierras rurales por parte de extranjeros y menosprecia la industria nacional? ¿El mandatario que viaja a Brasil e insulta a su presidente denuncia ahora una campaña “antiargentina” y “woke”, como lo hacían los militares que en 1978 proclamaban que los argentinos éramos “derechos y humanos”?
Un matrimonio, dos tradiciones
En un texto incluido en el libro “Está entre nosotros”, escrito durante la campaña electoral de 2023, Sergio Morresi y Martín Vicente habían marcado que el binomio Milei-Villarruel estaba sustentado políticamente por una estrategia fusionista. El acuerdo entre dos tradiciones que durante buena parte de la historia argentina convivieron con tensiones, acercamientos y desconfianzas: la derecha liberal-conservadora y la nacionalista-reaccionaria. La Libertad Avanza fue la expresión electoral de esa alianza.
Él ofrecía una explicación económica para la decadencia argentina: el Estado, la casta, el déficit, la emisión, el Banco Central. También una promesa de futuro. Ella, hija de un coronel del Ejército que fue veterano de Malvinas, aportaba una tradición. El mundo militar, el catolicismo ultraconservador, el revisionismo de los años setenta a través de la defensa de las Fuerzas Armadas y el discurso de “memoria completa”.
El Romeo y la Julieta de las derechas argentinas. Solo que no los unió justamente el amor. Como fuera, la combinación funcionaba porque cada uno le hablaba a grupos con los que el otro difícilmente podía conectar por sí mismo. Milei ensanchaba hacia los jóvenes enojados, los sectores medios frustrados, los liberales y quienes buscaban una ruptura con el sistema político. Villarruel contenía a una derecha más tradicional, pequeña pero intensa, que desconfiaba de la irreverencia cultural del libertario y encontraba en ella un vínculo con la Patria, la religión y las Fuerzas Armadas. Todo, además, bajo una argamasa que resulta eficiente y abarcadora: el antiperonismo.
Es cierto, electoralmente no valían ni valen lo mismo: el liderazgo, los votos y la novedad estaban del lado de Milei, que consiguió, como nunca antes nadie pudo, consenso real para un programa de sesgo neoliberal confeso. Villarruel aportaba una minoría. Pero que ahora, cuando el ejercicio del poder desgasta y quema banderas como la anticasta, se puede volver necesaria por una razón simple: no sobra nada.
Victoria, desde el margen
Es cierto, la familia política que expresa Villarruel es, desde lo numérico y también desde lo cultural, marginal. Porque se corresponde, en realidad, con el pasado. Acaso tenga identidad y, ahora, una mirada crítica hacia el gobierno en general y el presidente en particular. ¿Pero tiene proyecto Villarruel? ¿Un discurso para la crisis económica?
Tampoco representa el nacionalismo que reapareció alrededor del Mundial. Pero al menos puede sintonizar con algunos de sus símbolos, como Malvinas, sin producir el mismo efecto de impostación que Milei.
El intento de apropiación de esa potencia por parte del presidente llegó mal y tarde. Sin posibilidad de darle credibilidad. Es un político más que intenta ir hacia una pecera donde hay votos sin dueño. Justo lo que simula detestar.
Volver a 2023
Pero el jefe del Estado todavía cuenta con cartas importantes, además de la adhesión emocional de gran parte del antikirchnerismo. La desinflación. Vaca Muerta. El respaldo de poderes económicos internos y externos. La docilidad de los gobernadores. El desprestigio de la política en general y del peronismo en particular. El riesgo kuka. La grieta. También la desinhibición, la audacia, el cinismo y la crueldad necesarios para sintonizar con el desquicio de época.
Sin embargo, aunque lo intente, ya no puede ser el de 2023. Aquel Milei todavía no había incumplido nada de lo prometido. Podía presentarse como el enemigo absoluto de la casta que, en gran parte, ahora lo acompaña. Podía ofrecer dolarización, cierre del Banco Central y prosperidad sin cargar con los costos de un gobierno que somete a la población a un ajuste perpetuo y que carga con denuncias de corrupción de las que se blinda con la construcción de un Poder Judicial de color propio.
El tiempo pasó y desnudó al príncipe. Que igualmente insiste en mirarse en el viejo espejo. Eso sí: ahora las promesas regresan en formatos más realistas. Proponer reformar la carta orgánica del Banco Central no es lo mismo que dinamitarlo.
Desde que te perdí
Probablemente Milei sintió que podía prescindir de Villarruel cuando llegó Patricia Bullrich, quien al menos desde lo electoral seguro aporta más que la vice.
Había ganado, acumulaba poder y se sentía capaz de arrasar con todo. Estaba para cantar la canción de Kevin Johansen: “Desde que te perdí, se están enamorando todas de mí”.
Llegaron dirigentes del PRO, gobernadores, empresarios, fondos internacionales y funcionarios dispuestos a cambiar de camiseta.
Y ella, Victoria, pasó del despecho al rencor.
"Me preocupa profundamente que el presidente de la Nación replique insensateces e inventos. Tengo genuina preocupación por su estado y por las persecuciones imaginarias que replica en Argentina y el exterior”, escribió Villarruel después de que Milei compartiera una nueva acusación contra ella. Son como dos ex que se pelean a través de los programas de chimentos sobre la farándula.
Las relaciones de pareja suelen romperse por destiempos: te quiero, pero no quiero lo mismo que vos justamente ahora.
Milei quería obediencia. Villarruel el poder que él, al asumir, le dio a Bullrich.
Javier creyó que podía descartarla. Victoria imaginó que el triunfo electoral le había dado una fuerza propia.
Pero sin Milei, la familia que representa Villarruel vuelve a ser marginal y sin Villarruel, Milei puede perder votos y una parte del Frankenstein que lo llevó a la Presidencia.
Ahora busca ser liberal globalista y nacionalista a la vez. Bailar delante de la bandera estadounidense y castigar a quien ofenda los símbolos argentinos.
Javier no extraña realmente a Victoria: puede extrañar lo que Victoria sumaba. Victoria tampoco extraña a Javier, quizás sí el futuro que creyó encontrar a su lado.
Como pasa con tantos ex, la añoranza no es a la otra persona. Es a la versión de sí mismos que aquella relación les permitía representar.



