La campaña triguera 2026/27 comienza con una condición climática que ilusiona al sector agrícola: los perfiles de humedad muestran reservas hídricas muy favorables en gran parte del país y las proyecciones climáticas anticipan un escenario neutral a “Niño” hacia la primavera, un factor históricamente positivo para el cereal. Sin embargo, el cultivo enfrenta un obstáculo de peso: el elevado costo de los fertilizantes nitrogenados.
Actualmente, la urea ronda los 1.000 dólares por tonelada, un valor similar al registrado en mayo de 2022. La diferencia es que en aquel momento el trigo cotizaba cerca de 350 dólares por tonelada, mientras que hoy el cereal se ubica en torno a los 230 dólares. La ecuación económica cambió drásticamente y condiciona las decisiones de siembra y manejo tecnológico.
Técnicos del sector advierten que, a diferencia de campañas anteriores, hoy los márgenes no permiten compensar problemas productivos con herramientas financieras. Por eso, se proyecta un fuerte recorte en la fertilización, especialmente en las regiones de mayor potencial productivo, donde el uso intensivo de nitrógeno es clave para sostener altos rindes.
"Las reservas hídricas con las que arranca el ciclo es la gran carta a favor del trigo, pero tiene un enorme adversario; el precio actual de los fertilizantes nitrogenados"
El impacto ya comienza a reflejarse en las estimaciones productivas. Aunque el promedio nacional histórico podría ubicarse en 30,5 quintales por hectárea, los analistas ajustan la expectativa a 29 qq/ha debido a la menor inversión tecnológica. Además, se descuentan unas 250.000 hectáreas que podrían no llegar a cosecha. Bajo este escenario y con un clima considerado normal, la producción nacional se ubicaría entre 18 y 19 millones de toneladas, más de 10 millones por debajo de la reciente campaña 2025/26.
Fuerte caída del área triguera en la región central
La reducción en la intención de siembra se concentra principalmente en el centro del país y parte de Buenos Aires, zonas donde la fertilización tiene un rol determinante en los resultados productivos.
En la región núcleo, la superficie destinada al trigo caería un 17%, lo que representa unas 300.000 hectáreas menos que el año pasado. En Entre Ríos, las proyecciones indican una baja interanual de 130.000 hectáreas, equivalente al 18% del área.
En Córdoba, fuera de los departamentos incluidos dentro de la región núcleo, se espera un recorte de entre 5% y 10%, acompañado por una marcada disminución en el uso de fertilizantes.
Buenos Aires también mostraría una fuerte retracción. En el centro-este bonaerense se prevén recortes de hasta el 30% del área, mientras que en el sudeste provincial —principal bastión triguero del país— los técnicos estiman una caída del 20%, con productores migrando hacia cultivos como cebada forrajera, colza y carinata.
La Pampa tampoco escapa a la tendencia y proyecta una reducción de entre 10% y 15%, impulsada además por el avance de la ganadería y los forrajes sobre superficie tradicionalmente agrícola.
El norte apuesta al trigo con baja tecnología
El panorama cambia radicalmente en el norte argentino. Provincias como Chaco y Santiago del Estero muestran expectativas de fuerte crecimiento en el área triguera.
En estas regiones, el cultivo suele realizarse con muy baja o nula fertilización, apuntando a rindes moderados pero con menores costos de producción. Además, las buenas reservas de agua generan condiciones atractivas para expandir la superficie.
A esto se suma la preocupación de los productores por la chicharrita del maíz y el gusano cogollero, junto con los elevados costos de flete, factores que podrían limitar la siembra maicera en la próxima campaña.
Frente a este escenario, muchos productores del norte buscarán sostener la rotación con gramíneas a través de una fuerte apuesta al trigo. También se anticipa una importante expansión del girasol, al punto que ya comienzan a registrarse faltantes de semillas en algunas zonas productivas.
La campaña 2026/27, de esta manera, se perfila como una de las más desafiantes para el trigo argentino en los últimos años: con agua disponible y buenas perspectivas climáticas, pero condicionada por una estructura de costos que amenaza con reducir tanto el área sembrada como el potencial productivo nacional.

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