La crecida de los ríos pone en alerta a los productores ganaderos de las islas santafesinas. En la zona de San Javier, donde el movimiento de la hacienda depende de los tiempos del agua y de la posibilidad de acceder a campos más altos, la decisión es actuar antes de que la situación se vuelva irreversible.
Ese es el escenario que atraviesa Martín Pairetti, productor ganadero de la región, quien decidió sacar todos sus animales de una isla de más de 400 hectáreas. Aunque el establecimiento todavía no estaba inundado, el nivel del río Iguazú, que según su testimonio había alcanzado los 29 metros, encendió las alarmas.
“Es zona alta todo, pero no nos queremos arriesgar. Porque si vos te arriesgás, después no sabés qué pasa. Podés dejar un lote de animales y todo, pero decidimos sacar todo”, cuenta Pairetti.
La decisión fue preventiva: no esperar a que el agua avanzara sobre la isla para comenzar la evacuación. La posibilidad de trasladar la hacienda a otro campo permitió poner en marcha el operativo, aunque el trabajo todavía no había terminado al momento de la entrevista.
“Estamos acá en el campo con todos los animales”, explica, mientras advierte que todavía esperaba la llegada de más jaulas para completar el movimiento. “Imaginate, no termino, es eterno”, resume, en una frase que refleja la dimensión de una tarea que exige tiempo, organización y un esfuerzo físico constante.
Arremangarse para que los animales lleguen a tierra firme
En las islas, sacar la hacienda no consiste solamente en cargar animales y trasladarlos. Las condiciones del terreno, las distancias y el comportamiento del agua pueden convertir cada movimiento en una dificultad adicional.
Por eso, Pairetti destaca el trabajo conjunto de otros productores y colaboradores de la zona. “Los muchachos son unos guapos terribles”, afirma al mencionar a quienes se sumaron al operativo para ayudar a sacar los animales.
También fue necesaria la colaboración de personas que aportaron sus lanchas para cruzar el ganado. En algunos casos, la urgencia obligó a intervenir directamente para evitar que los animales se ahogaran.
“Tuvimos que socorrer a unos 10, 12 terneros, porque se ahogan. Entonces tenés que socorrerlos con la lancha, los cargás arriba de la lancha”, relata.
La escena muestra una de las caras más exigentes de la ganadería de islas: cuando el agua sube, el productor debe tomar decisiones rápidas y resolver sobre la marcha, con los recursos disponibles y con la prioridad puesta en preservar la hacienda. “No es fácil, no es fácil”, insiste.
Se empieza al amanecer y se termina cuando llega el último animal
La evacuación demanda horas de trabajo y no termina cuando los primeros animales alcanzan el campo de destino. Mientras queden vacas por trasladar, la preocupación sigue presente.
“Renegás todo el día, renegás desde las cinco o seis de la mañana hasta la hora”, describe Pairetti. En su caso, la tranquilidad todavía estaba lejos: faltaba completar la llegada de parte de la hacienda. “Todavía yo no estoy tranquilo, todavía no llegaron las vacas”, dice.
La frase sintetiza la incertidumbre de una actividad en la que las decisiones deben anticiparse a los cambios del ambiente. Retirar los animales antes de que la isla quede bajo agua implica un esfuerzo enorme, pero esperar demasiado puede elevar el riesgo y complicar las posibilidades de rescate.
En este contexto, la crecida vinculada con las descargas de agua de las grandes represas de la cuenca, entre ellas Yacyretá e Itaipú, vuelve a poner en primer plano la vulnerabilidad de los establecimientos ganaderos insulares frente a los movimientos del sistema fluvial.
La otra cara de la ganadería
El testimonio de Pairetti también deja al descubierto el desgaste cotidiano de producir en las islas. A las dificultades propias del manejo del rodeo se suman las contingencias climáticas, los problemas sanitarios y la necesidad de adaptarse a condiciones que cambian constantemente.
“Es todo catastrófico. Pero es así la vida del ganadero: lluvia, barro, sequía, moscas, garrapatas, mortandad. Todo cansa”, expresa.
No se trata solamente de mover animales de un lugar a otro. Detrás de cada traslado hay horas de trabajo, coordinación entre productores, costos logísticos y la incertidumbre de no saber cuándo podrán regresar los animales a sus campos habituales.
Mientras el agua marca los tiempos, la consigna es clara: actuar antes de que sea tarde. Para Martín Pairetti y los productores que trabajan en las islas santafesinas, salvar la hacienda significa arremangarse, organizarse y avanzar lo más rápido posible.
Porque, en una emergencia como esta, la tranquilidad llega recién cuando el último animal está a salvo.

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