Los domingos hablamos de fútbol pero no de plata: por qué romper este silencio es fundamental para el futuro de los chicos

Dejá de "protegerlos" y empezá a educarlos: el mercado cobra las lecciones con intereses punitorios y una herencia llena de ceros no sirve de nada sin conocimientos y competencia financiera para administrarla

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Imaginemos la escena clásica de un domingo cualquiera en una casa de los alrededores rosarinos. El asado ya se sirvió, el malbec circula y la sobremesa se extiende. Se discute con pasión sobre el último penal no cobrado, se analiza la coyuntura política con la ferocidad de un panelista de televisión y hasta se debate sobre el clima errático que afecta la cosecha. Sin embargo, hay un elefante en la habitación que nadie se atreve a señalar, un tema tabú cubierto por un manto de pudor y falsa protección: el dinero.

En la vorágine diaria de la gestión empresarial, donde los empresarios y profesionales santafesinos dejamos la piel para optimizar el último centavo del balance, cerrar esa venta clave o pelear contra la carga impositiva, a menudo cometemos el pecado capital de la pereza en el ámbito más crítico de todos: la educación financiera de nuestra propia sangre. ¿De qué sirve construir un imperio, sea una gran industria metalúrgica en el cordón industrial o una consolidada PyME comercial en el centro, si quienes deben recibir el testigo no saben distinguir un activo de un pasivo?

La historia económica de nuestra región está, lamentablemente, plagada de terceras generaciones que dilapidaron fortunas sólidas por una simple y dolorosa razón: sus padres confundieron darles todo con prepararlos para todo. Existe una creencia arraigada, casi una soberbia silenciosa, que nos dice que proteger a los niños de las conversaciones sobre el capital es un acto de amor. Nada más alejado de la realidad; es una negligencia estratégica de alto riesgo.

Si nosotros, los que generamos los recursos, no les enseñamos cómo funciona el capital, el flujo de caja y el riesgo, el mercado se encargará de hacerlo. Y créanme, el mercado es un maestro mucho más severo y menos paciente; cobra las lecciones con intereses punitorios y ejecuta las garantías sin miramientos afectivos. Una herencia llena de ceros a la derecha no sirve de nada sin la competencia financiera para administrarla; es como entregarle las llaves de una Ferrari a alguien que nunca aprendió a manejar: el accidente no es una posibilidad, es una certeza.

La batalla contra la gula del consumo inmediato

Vivimos inmersos en una era de gratificación instantánea, una suerte de gula digital donde todo lo que deseamos está a un clic de distancia y llega a nuestra puerta en menos de 24 horas. Este entorno es el caldo de cultivo perfecto para criar analfabetos financieros. El primer paso para blindar a la próxima generación contra la insolvencia futura es explicar el valor real del dinero y, fundamentalmente, su origen: el trabajo y el aporte de valor.

No se trata de angustiar a los menores con la evolución del tipo de cambio o las tarifas de los servicios públicos, sino de que comprendan que el dinero no brota de los cajeros automáticos por generación espontánea. Es la contraprestación de un esfuerzo, de un riesgo asumido, de un valor agregado volcado a la sociedad.

Pensemos en el caso de "Roberto", un ficticio pero reconocible empresario de la construcción de la zona. Roberto decidió que, en lugar de darles una mensualidad a cambio de nada, sus hijos debían cumplir tareas remuneradas en el negocio familiar acordes a su edad. No por explotación, sino por educación pura y dura. Al vincular el ingreso al esfuerzo, Roberto está vacunando a su descendencia contra la peligrosa mentalidad del derecho adquirido. Entender conceptos como el ahorro, el gasto responsable y la planificación les ayuda a construir una relación saludable y no tóxica con el dinero.

Es fundamental enseñarles a discernir la abismal diferencia entre necesidades y deseos. En un mundo diseñado por los departamentos de marketing más sofisticados para despertar la envidia por lo que tiene el vecino o el compañero del club, la capacidad de diferenciar entre lo que necesito para vivir y lo que deseo para ostentar es la primera línea de defensa de la salud patrimonial.

"No ahorres lo que te queda después de gastar, gasta lo que te queda después de ahorrar." — Warren Buffett

La introducción de la importancia del ahorro desde chicos no debe ser vista como una privación o un castigo, sino como una estrategia de poder y libertad futura. El niño que aprende a posponer la compra de un juguete hoy para comprar uno de mejor calidad el mes que viene, está internalizando el concepto financiero más poderoso del universo: el interés compuesto y la preferencia temporal. Está dominando sus impulsos, venciendo la tentación por el consumo inmediato para obtener un beneficio mayor a largo plazo. Esta disciplina es la misma que luego le permitirá a ese adulto no quemar el capital de trabajo de la empresa en gastos superfluos.

La mesa chica: involucrarlos en la realidad, no en la fantasía

El error más común del empresario local es subestimar la capacidad de comprensión de los más chicos. Hay que romper el hermetismo y hacerlos partícipes. No hace falta mostrarles el balance contable detallado de la S.A. o los problemas sindicales, pero sí pueden y deben participar en la planificación del presupuesto de las vacaciones o en la elección inteligente de marcas en el supermercado comparando precio y calidad.

Cuando los hijos ven a sus padres tomar decisiones de gasto racional, debatiendo si conviene cambiar el auto ahora o esperar a que las tasas de interés bajen, están absorbiendo por ósmosis una metodología de toma de decisiones. Fomentar estos hábitos refuerza su confianza para enfrentar retos económicos. ¿Cuántos jóvenes llegan hoy a la universidad sin saber cómo funciona una tarjeta de crédito, qué es el Costo Financiero Total o por qué el pago mínimo es una trampa mortal? Enviarlos al mundo adulto con esa ignorancia es enviarlos a la guerra con un tenedor.

La educación financiera es, ante todo, un ejercicio de transparencia y realidad. Al mostrarles que los recursos son finitos —incluso para las familias más acomodadas— y que cada elección implica una renuncia (el famoso costo de oportunidad), estamos combatiendo la frustración que surge inevitablemente cuando, de adultos, la realidad les diga "no".

"La inversión en conocimiento paga el mejor interés." — Benjamin Franklin

Si aspiramos a que nuestros hijos sean los arquitectos de su propio futuro y no víctimas de las circunstancias macroeconómicas de un país volátil como el nuestro, la charla sobre el dinero no puede esperar al próximo domingo. No es una conversación de una sola vez; es un diálogo continuo, una mentoría de vida. Al final del día, la mejor herencia no es una cuenta bancaria en el exterior ni una carpeta de propiedades; es la competencia, el carácter y la templanza para saber cómo llenar esa cuenta, gestionarla, protegerla y multiplicarla. Rompamos el silencio, porque el futuro de nuestro legado depende de lo que digamos hoy.

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