Durante años, el macho Holando tuvo un lugar incómodo dentro de la ecuación económica del tambo. Mientras la hembra era cuidada como futura reposición, el macho muchas veces quedaba relegado a sistemas de recría poco eficientes, con terminaciones tardías y escaso valor para los mercados de mayor exigencia.
Cambiar esa lógica es uno de los objetivos del trabajo que lleva adelante el Feedlot Cooperativo de Uncoga, con el asesoramiento técnico del médico veterinario Oscar Ferrero.
El especialista destaca que el desafío no consiste solamente en engordar un animal, sino en construir valor desde el origen.
“Hay que darle un valor agregado a ese ternero Holando que hace 10, 15 años atrás lo matábamos”, plantea Ferrero, al explicar el punto de partida del proyecto.
Para el tambero, además, la posibilidad de transformar el macho en un producto de mayor valor suma una nueva variable a la economía de la actividad. A los ingresos provenientes de la leche y al valor que actualmente puede alcanzar la vaca de descarte, se agrega la posibilidad de desarrollar un negocio específico alrededor del ternero macho.
La primera decisión se toma antes de que nazca
Para Ferrero, la eficiencia del futuro novillo empieza mucho antes del ingreso al feedlot.
“La ´milanesa empieza a cocinarse´ una vez que nace”, resume el veterinario. Pero incluso antes de ese momento existen decisiones que condicionan el resultado final.
La condición corporal de la vaca y la genética utilizada son factores determinantes. Según explica, la genética influye tanto sobre la eficiencia de conversión como sobre la capacidad del animal para desarrollar marbling o grasa intramuscular.
Por eso, aunque se trate de una raza lechera, sostiene que también es necesario trabajar con genética de calidad.
La otra clave está en los primeros días de vida. Ferrero hace especial hincapié en un cambio de criterio dentro del tambo: el macho debe recibir el mismo nivel de atención que la hembra.
“Que le den la misma atención en la estaca a la hembra que al macho”, plantea. Esto implica equiparar el manejo sanitario y la alimentación inicial, evitando que el macho arranque su ciclo productivo con una desventaja que luego resulte difícil de compensar.
El peso de ingreso define buena parte del negocio
Una vez superada la primera etapa, aparece otro punto central: cuándo sacar el animal del establecimiento lechero y llevarlo al sistema de engorde.
Ferrero ubica el peso aconsejable entre 150 y 200 kilos, aunque en el Feedlot Cooperativo de Uncoga el ingreso se produce generalmente con animales de 180 a 200 kilos.
La estrategia apunta a evitar una recría prolongada dentro del feedlot. “Nosotros acá lo estamos ingresando con 180 a 200 kilos, no hacemos dieta de recría”, explica Ferrero.
El esquema contempla una primera etapa de adaptación de entre 15 y 20 días, destinada a que el animal se acostumbre al cambio desde el campo hacia los corrales y a la nueva alimentación.
Luego comienza la etapa de terminación, con el objetivo de llegar a animales de 380 a 400 kilos, con una buena terminación y características de carne acordes a la demanda.
El resultado buscado es un animal joven, terminado y con calidad, en lugar del tradicional novillo Holando pesado que llegaba al mercado después de varios años de producción.
El gran desafío: mejorar la calidad de la carne
Uno de los puntos que históricamente jugó en contra de la carne Holando fue la terminación.
Ferrero señala que la raza presenta características particulares que pueden convertirse en ventajas comerciales, entre ellas una grasa más blanca y una carne de color más rosado que la de un novillo mestizo.
Pero también existían limitaciones. La cobertura de grasa era escasa y poco uniforme, había menor participación de carne en determinados cortes y el nivel de marbling era reducido.
El trabajo realizado apunta precisamente a modificar esas características mediante el manejo nutricional.
“Lo que hicimos fue ir acomodando la alimentación”, explica Ferrero.
Entre las herramientas incorporadas menciona el uso de grasa bypass, con el objetivo de lograr una cobertura de grasa más uniforme, aumentar la participación de carne entre la costilla y la grasa y mejorar el marbling.
La apuesta, entonces, no es solamente producir kilos. Es producir kilos con características que permitan defender mejor el valor del animal terminado.
De un novillo de 550 kilos a uno de 400 kilos
El cambio de modelo productivo puede observarse también en los tiempos.
Ferrero recuerda que en el país llegaron a existir entre 700.000 y 800.000 terneros Holando que eran engordados bajo sistemas muy diferentes. En muchos casos, el animal tenía una recría deficiente y terminaba convirtiéndose en un novillo de unos 550 kilos, pero con cuatro o cinco años. Ese esquema generaba un producto con menor atractivo para los mercados externos.
La propuesta actual busca exactamente lo contrario: terminar animales jóvenes y con buena calidad de carne.
En el esquema que describe Ferrero, el objetivo es obtener un novillo gordo de aproximadamente 400 kilos, entre los 12 y 14 meses de edad.
El cambio es sustancial: menos tiempo de permanencia, menor edad de faena y una carne que apunta a conservar terneza y jugosidad.
¿Puede el Holando convertirse en un negocio exportador?
La pregunta que aparece naturalmente es si este modelo puede trascender el mercado interno. Ferrero es optimista: “Yo creo que la necesidad de carne a nivel mundial nos obliga a pensar que todo se puede exportar”, sostiene.
Su mirada parte de una premisa: el desafío futuro podría no estar en encontrar compradores, sino en generar suficiente materia prima de calidad.
“Compradores de carne en esta etapa de 4 o 5 años que estamos viviendo van a sobrar. Mi duda es cuánta materia prima vamos a tener”, afirma.
En ese escenario, el macho Holando podría ocupar un espacio adicional dentro de la oferta ganadera argentina, siempre que se logre sostener un modelo de producción que permita obtener animales jóvenes, bien terminados y con características homogéneas.
El próximo paso: cruzar Holando con razas carniceras
El potencial puede ampliarse aún más a través del cruzamiento. Ferrero menciona la posibilidad de cruzar animales Holando con razas de carne para combinar las características de ambas.
La lógica es aprovechar las bondades del Holando y, mediante el cruzamiento, incrementar atributos vinculados con la producción de carne. “Podemos aumentar la posibilidad de exportar sin ningún tipo de inconveniente”, señala.
Así, el desafío deja de ser exclusivamente qué hacer con el macho Holando que nace en el tambo y pasa a ser cómo construir un sistema de producción de carne integrado, desde la genética hasta la faena.
Una tercera fuente de ingresos para el tambo
El planteo de Uncoga apunta, en definitiva, a modificar la mirada económica sobre el macho Holando.
Ferrero identifica tres variables dentro de la economía del tambo: el ingreso por la leche, el valor de la vaca de descarte y, como tercera alternativa, el valor agregado que puede generarse sobre el ternero macho.
El dato de mercado ayuda a dimensionar el cambio. Según señala, actualmente un ternero de invernada puede alcanzar valores cercanos a los 900.000 o 1.000.000 de pesos.
Eso convierte al manejo del macho en una decisión económica y no solamente productiva.
La oportunidad está en dejar de considerar al ternero como un subproducto de bajo valor y comenzar a manejarlo como una futura unidad de producción de carne.
La clave está en mirar el sistema completo
El modelo desarrollado por el Feedlot Cooperativo de Uncoga muestra que el resultado final no depende de una única tecnología ni de una decisión aislada.
Genética, condición de la madre, manejo de la guachera, sanidad, alimentación inicial, peso de ingreso, adaptación al feedlot, nutrición de terminación y eventualmente cruzamientos forman parte de una misma cadena.
Ferrero también destaca que el proceso no es individual. Detrás del desarrollo existe un equipo de trabajo que involucra al directorio, la gerencia ganadera, veterinarios y productores.
La transformación del macho Holando en un negocio de carne requiere, precisamente, esa mirada integral.
El desafío ahora es demostrar que el modelo puede escalar y que el ternero, que durante años fue considerado un problema dentro de la actividad lechera, puede convertirse en una nueva fuente de valor.
En palabras de Ferrero, la pregunta hacia adelante no sería tanto si habrá compradores para esa carne, sino cuánta materia prima de calidad será capaz de generar la cadena.

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