Guerra de ropa barata: Kiabi llega y otra gigante planea 30 locales en Argentina

Con precios que desafían al mercado local, Kiabi irrumpe mientras otra cadena deportiva planea expandirse agresivamente: el negocio textil entra en fase crítica, entre consumo golpeado, importaciones y un nuevo paradigma comercial

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Hay movimientos que no hacen ruido pero cambian todo. Y hay otros que, directamente, anuncian tormenta. El desembarco de Kiabi en Argentina pertenece a esta segunda categoría: no es solo una marca más, es un modelo de negocio que pone en tensión a toda la industria.

La cadena francesa llega con una propuesta clara y difícil de igualar: ropa accesible para toda la familia, fuerte rotación de productos y precios que, en muchos casos, quedan por debajo de los estándares del mercado local. Traducido: volumen, eficiencia y escala global frente a estructuras productivas nacionales mucho más rígidas.

Pero el dato que termina de encender las alarmas no es solo su llegada, sino quién está detrás de esta avanzada. El desembarco de Kiabi se da de la mano de Grupo One, una sociedad integrada por el empresario argentino Manuel Antelo —histórico del negocio automotor y dueño de Car Onejunto al matrimonio de Pedro Aguirre Saravia y Sabine Mulliez.

Este último nombre no es menor. Mulliez forma parte de una de las familias más poderosas del retail europeo, dueña de un imperio que incluye marcas como Decathlon, Leroy Merlin y Auchan.

Ahí es donde el escenario deja de ser una novedad aislada y pasa a convertirse en estrategia.

Porque Grupo One no solo impulsa la llegada de Kiabi. Es el mismo vehículo que está detrás del desembarco de Decathlon en Argentina, con un plan que podría alcanzar hasta 20 o incluso 30 locales en el país.

El holding ya opera estas marcas en otros mercados de la región y tiene un objetivo explícito: replicar en América Latina el modelo del grupo francés Grupo Mulliez, evaluando incluso sumar otras unidades de negocio como Naterial (muebles) o, a futuro, gigantes como Leroy Merlin.

El combo es potente: Kiabi atacando el consumo masivo familiar y Decathlon capturando el universo deportivo. Ambas bajo modelos de negocio basados en escala global, integración vertical y marcas propias, lo que les permite manejar precios que el mercado local difícilmente pueda igualar.

La lógica es clara: menos intermediación, más eficiencia y una estructura pensada para volumen. Y eso, en un país donde la ropa sigue siendo cara en dólares y el consumo todavía camina en terreno inestable, no pasa desapercibido.

Para los consumidores, la ecuación parece tentadora. Más opciones, precios más bajos y una oferta que se amplía en plena recomposición del poder adquisitivo. Pero del otro lado del mostrador, el impacto es directo: fabricantes locales, marcas nacionales y comercios independientes enfrentan una competencia que ya no es solo interna.

Es global.

La industria textil argentina, históricamente protegida y con costos elevados, queda expuesta en un escenario donde competir deja de ser una cuestión de diseño o marca y pasa a ser una cuestión de escala, logística y financiamiento.

En ese tablero, Kiabi no es solo una marca que llega. Es la puerta de entrada de un modelo. Y Decathlon no es un complemento: es la consolidación de una estrategia integral.

Una estrategia que tiene nombre propio, capital global y experiencia probada en la región.

Y que pone sobre la mesa una pregunta incómoda: en un mercado que recién empieza a abrirse, ¿quién está realmente preparado para competir?

Porque cuando los gigantes juegan en serio, el margen para improvisar desaparece.

Y en ese nuevo mapa, algunos crecerán. Otros, simplemente, quedarán fuera de juego.

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