Resumen Ejecutivo
- Gianni Infantino, presidente de la FIFA, llega más fuerte que nunca y encara su tercer mandato sin rivales a la vista.
- La FIFA proyecta recaudar cerca de US$9.000 millones de forma directa por el Mundial 2026, unos US$2.000 millones más que la edición de Qatar.
- El torneo se amplió de 32 a 48 selecciones y reparte un premio récord de US$871 millones, con un piso de US$12,5 millones por participar.
- La caja récord convive con cuestionamientos de gobernanza: precio de las entradas, el caso Balogun y un premio de la paz entregado a Donald Trump.
- El caso deja una lección para cualquier empresa: hasta dónde se puede estirar la monetización de una marca antes de erosionar la confianza.
Mientras el Mundial 2026 acumula polémicas, un dato ordena el ruido para quien mira el negocio detrás del fútbol: Gianni Infantino, presidente de la FIFA, nunca estuvo tan fuerte. El torneo recibió críticas por el precio de las entradas y por varias decisiones institucionales, pero el tablero financiero juega a favor del titular del organismo.
Bajo su conducción, la FIFA espera recaudar cerca de US$9.000 millones de forma directa por el certamen, unos US$2.000 millones más que la edición de Catar. La ampliación del Mundial de 32 a 48 selecciones multiplicó partidos, sedes y contratos. Más fechas significan más audiencia, más entradas y más avisos para vender.
El premio total trepó a un récord de US$871 millones, el doble que en la edición anterior. Cada seleccionado que se presenta tiene asegurado un piso de US$12,5 millones. Para economías chicas el impacto es concreto: Cabo Verde embolsó más de US$21 millones por su campaña histórica, cerca del 0,75% de su producto interno. La billetera de la FIFA se volvió vital para decenas de federaciones.
El fenómeno se replica en cada estadio. Los aficionados llegaron a gastar hasta US$100 por persona en comida y bebida durante un partido, casi el doble que en un encuentro de la NFL. Hasta las pausas para hidratarse se transformaron en oportunidad comercial: el clásico partido de dos tiempos funcionó, en los hechos, como uno de cuatro cuartos, con más espacio para los patrocinadores.
Marcas globales como Adidas y Visa sostienen ese andamiaje de ingresos, mientras la FIFA sumó a su catálogo una Copa Mundial de Clubes cada vez más lucrativa. Es la lógica de una organización que descubrió que su activo principal, el fútbol, tolera bastante más explotación comercial de la que se suponía. La expansión de eventos es, antes que nada, una decisión de negocios.
Pero toda máquina de caja tiene un costo. El torneo quedó envuelto en cuestionamientos: el valor de las entradas, la habilitación de un jugador estadounidense suspendido tras la presión del presidente Donald Trump y hasta un premio de la paz entregado al propio Trump. Políticos de Reino Unido y Bélgica pidieron abiertamente la salida de Infantino.
El malestar cruzó al ambiente del fútbol. "Este es nuestro deporte, no el suyo", disparó Jürgen Klopp, extécnico del Liverpool, sobre la intromisión política. La pregunta de fondo, la que interesa a cualquier organización que crece rápido, es cuánto vale la reputación cuando la recaudación no para de subir y las decisiones incómodas parecen no pasar factura.
La respuesta institucional llega a comienzos de 2027, cuando Infantino busque su tercer mandato en el 77º Congreso de la FIFA en Rabat. Se presenta sin oposición: las 211 federaciones tienen un voto cada una y el respaldo de Asia, Sudamérica y África ya está cerrado. Sucesor de Sepp Blatter, caído en 2015 por el escándalo de corrupción, hoy conduce el fútbol mundial sin resistencia interna.
Para el empresariado que sigue el caso desde la región, el episodio funciona como manual práctico. El crecimiento acelerado y la gobernanza no siempre marchan al mismo ritmo, y una marca poderosa puede absorber más golpes de imagen mientras el flujo de dinero se mantenga firme. Dónde queda el límite de esa ecuación es, todavía, una discusión abierta.

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