Cada 4 de septiembre, Argentina celebra el Día Nacional de la Historieta Argentina, en homenaje a la publicación del primer capítulo de El Eternauta en la revista Hora Cero, en 1957.
Aquella primera entrega, escrita por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López, inauguró una obra que hoy integra el patrimonio cultural argentino y que, casi setenta años después, encontró una segunda vida completamente inesperada.
Durante los años noventa, la industria editorial de historietas prácticamente desapareció tanto en la Argentina como en España, golpeada por la competencia de la televisión y, después, de internet.
Recién tras la crisis de 2001 resurgieron sellos chicos y autogestivos que mantuvieron viva la tradición con tiradas reducidas, muy lejos todavía de pensarse a sí mismos como una industria de exportación.
En 2025, la adaptación televisiva de El Eternauta se convirtió en un fenómeno global para Netflix: lideró el ranking de series no inglesas y entró al Top 10 en más de ochenta países.
La propia compañía informó que la producción, filmada en más de cincuenta locaciones y con tecnología de producción virtual, inyectó más de 41.000 millones de pesos a la economía argentina, entre rodaje, proveedores y empleo directo.
El caso confirma algo que veníamos observando en la economía del conocimiento: los contenidos audiovisuales y editoriales dejaron de ser un gasto cultural para convertirse en un rubro de exportación con capacidad de generar divisas y empleo calificado.
La propiedad intelectual sobre personajes, guiones y universos narrativos empezó a tratarse como un activo financiero en sí mismo, con contratos de licencia, coproducciones y derechos de merchandising que se negocian igual que cualquier otro activo intangible de una empresa.
El fenómeno también ilustra cuánto puede valer una marca bien administrada: el mismo mercado que alguna vez pagó cifras millonarias por una firma personal reconocida es el que hoy negocia derechos, doblajes y licencias de personajes nacidos en el papel.
La segunda temporada, confirmada por Netflix y protagonizada nuevamente por Ricardo Darín, todavía no arrancó el rodaje: la preproducción se extendió más de lo previsto y el estreno recién se ubicaría entre fines de 2026 y 2027.
Esa demora también dice algo sobre el negocio: producir contenido de escala global exige tiempos, presupuestos y una cadena de proveedores especializados que la Argentina recién está terminando de construir.
Mientras la serie acaparaba pantallas, el fenómeno tuvo un efecto colateral menos comentado: pequeñas editoriales autogestivas, que habían sobrevivido con fanzines y tiradas artesanales, empezaron a vender historietas como hacía años que no ocurría.
La Argentina dejó de ser únicamente un mercado consumidor de contenidos para posicionarse como proveedor: estudios de producción virtual, animadores, guionistas y desarrolladores encuentran ahora un canal de exportación que antes no existía.
Ese movimiento corre en paralelo al impulso reciente a nuevas reglas para financiar startups desde el país, con mecanismos más simples para atraer capital sin necesidad de mudar la sociedad al exterior.
Hace pocos años, sumar producciones nacionales a las plataformas de streaming internacionales era todavía una novedad que generaba dudas sobre su viabilidad comercial; hoy es una estrategia consolidada que otros países de la región observan con atención.
Para las productoras, estudios de animación y agencias de contenidos de la región de Rosario y Santa Fe, el fenómeno deja una pista concreta: los proyectos de escala pequeña también pueden aspirar a mercados internacionales si logran asociarse con distribuidores y plataformas globales.
Lo que empezó como una historieta de ciencia ficción publicada en plena Guerra Fría terminó convirtiéndose en un caso de estudio sobre cómo un relato bien contado puede transformarse en una industria completa, con proveedores, empleo y moneda extranjera de por medio.

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