UNESCO cumple 80 años y ya define qué inteligencia artificial pueden usar las empresas

El organismo nacido en 1946 para cuidar la cultura y la ciencia estrenó director general hace apenas un año y hoy define cuánto deben cumplir las empresas con la ética de la inteligencia artificial, un estándar que ocho gigantes tecnológicos ya empezaron a adoptar

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Hoy se cumplen ochenta años desde que entró en vigor la Constitución de la Unesco, el 4 de noviembre de 1946. La fecha quedó asociada a lo cultural, pero detrás del organismo hay una maquinaria con peso económico real.

La idea original era otra: evitar una tercera guerra mundial construyendo paz a través de la educación, la ciencia y la cultura. Ochenta años después, esa misión se tradujo en sellos y estándares que mueven negocios concretos.

El más conocido es el de Patrimonio Mundial. Una ciudad, un paisaje o un monumento que recibe esa distinción suele ver crecer su flujo turístico, la inversión hotelera y el valor de las propiedades cercanas.

Rosario, de hecho, apareció este año en un ranking mundial de turismo por motivos bien distintos, pero el ejemplo sirve para pensar en lo que vale una reputación internacional.

Algo parecido ocurre con la Red de Ciudades Creativas, que conecta diseño, gastronomía o cine con circuitos de inversión. Ningún sello garantiza el éxito solo, pero abre puertas que de otra forma cuestan años de gestión.

La Unesco también estrenó liderazgo hace apenas un año. En noviembre de 2025 fue elegido director general el egiptólogo Khaled El-Enany, exministro de Turismo y Antigüedades de Egipto y primer árabe en ocupar ese cargo.

El dato no es menor para quien mira negocios. El-Enany administró durante años uno de los activos turísticos más rentables del planeta: el patrimonio faraónico, columna vertebral de buena parte de los ingresos turísticos de Egipto.

Que la organización que certifica patrimonio esté hoy conducida por alguien que lo gestionó como negocio dice bastante sobre hacia dónde se mueve el pulso de la Unesco: menos declaración simbólica, más gestión de un activo económico.

Pero la palanca más grande que tiene hoy el organismo no está en el turismo, sino en la inteligencia artificial. En 2021, los 193 países miembro adoptaron la primera recomendación global sobre ética en IA.

El acuerdo no obliga por sí solo a ninguna empresa, pero empezó a funcionar como referencia. En 2024, ocho compañías tecnológicas globales, entre ellas Microsoft, Salesforce y Lenovo, se comprometieron a aplicar ese marco en sus desarrollos.

Para cualquier empresa que use o venda soluciones con inteligencia artificial, esto debería leerse como una señal de época y no como una curiosidad diplomática lejana.

Los estándares de ética y gobernanza de IA están empezando a recorrer el mismo camino que ya transitaron las certificaciones ambientales. Hace una década, exhibir una norma de sostenibilidad era apenas un gesto de marketing.

Hoy no tenerla puede cerrar la puerta de licitaciones, créditos o contratos con clientes grandes. Con la ética de la inteligencia artificial podría pasar algo parecido, aunque todavía esté lejos de ser obligatoria.

Los fondos de inversión ya preguntan, además de los balances, cómo gestiona una empresa los riesgos de sus algoritmos. Bancos y aseguradoras empiezan a mirar si un proveedor de IA puede generar sesgos o decisiones automatizadas sin control humano.

La fragmentación regulatoria agrava el problema para cualquier empresa que opere en más de un país: la Unión Europea, Estados Unidos y China avanzan con reglas distintas y, muchas veces, contradictorias sobre inteligencia artificial.

En ese escenario, un marco de referencia global, aunque no sea vinculante, funciona como un idioma común. Las pymes que exportan servicios o tecnología podrían usarlo para mostrar seriedad sin pagar el costo de cumplir regulaciones múltiples a la vez.

No es un dato menor en un contexto donde, según relevamientos recientes, la mayoría de las empresas ya usa inteligencia artificial aunque pocas logran que sea rentable, justo donde la gobernanza suele quedar en segundo plano.

Tampoco ayuda que, como venimos señalando, la brecha que más preocupa a las empresas ya no es leer sino la inteligencia artificial, lo que vuelve más difícil exigir estándares que casi nadie termina de entender del todo.

El mismo patrón que convirtió un sello cultural en un activo económico podría repetirse con la inteligencia artificial: quien adopte buenas prácticas de forma temprana podría capitalizar esa reputación cuando el mercado empiece a exigirla como condición de entrada.

La Unesco, además, sigue cuidando otros archivos que casi nadie mira hasta que alguien les pone un precio, como el patrimonio audiovisual que viene reivindicando desde hace años, otra cara de la misma lógica: lo cultural, bien gestionado, termina siendo negocio.

Pensar qué patrimonio propio —cultural, natural o digital— podría algún día sumar ese tipo de reconocimiento internacional, y qué estándares de inteligencia artificial conviene adoptar ya mismo, es, en el fondo, otra forma de planificar negocios a mediano plazo.

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