Cada 16 de septiembre el calendario recuerda la firma del Protocolo de Montreal en 1987, el acuerdo que empezó a sacar de circulación los gases que dañaban la capa de ozono.
Este 2026 el aniversario tiene un condimento extra: se cumplen diez años de la Enmienda de Kigali, la actualización de 2016 que sumó a los hidrofluorocarbonos —los gases de heladeras y aires acondicionados— a la lista de sustancias a reducir.
Detrás de ese trámite diplomático hay un negocio que crece rápido. El mercado global de refrigerantes de bajo impacto climático mueve unos US$12.500 millones este año, casi el doble que en 2020.
Y todavía tiene margen para estirarse: distintas proyecciones de la industria lo ubican cerca de los US$29.800 millones hacia 2033, de la mano de equipos más eficientes y gases con menor huella de carbono.
Sin refrigeración no hay cadena de frío para alimentos ni para vacunas, y buena parte de las pérdidas poscosecha en el mundo se explican, justamente, por falta de frío bien gestionado.
El motor más inesperado de esa demanda no son los hogares ni los supermercados, sino los centros de datos que entrenan modelos de inteligencia artificial.
Cada servidor de última generación libera un calor que el aire acondicionado tradicional ya no alcanza a disipar, sobre todo en los racks más densos, que superan los 100 kilovatios de potencia.
El consumo eléctrico mundial de los centros de datos crecería un 27% en 2026, hasta 132 gigavatios, y los servidores optimizados para IA ya explican alrededor de un tercio de ese gasto.
También en la Argentina hay inversiones millonarias en centros de datos, empujadas por el RIGI y el boom de la inteligencia artificial, con la Patagonia como uno de los destinos elegidos.
La refrigeración líquida, hasta hace poco una rareza técnica reservada a laboratorios, se volvió condición de supervivencia para esos equipos. La industria del frío nunca tuvo un cliente tan hambriento de capacidad.
Rosario y su región no miran ese fenómeno de afuera. El Gran Rosario concentra buena parte de la fabricación nacional de cámaras frigoríficas, freezers, heladeras y exhibidoras, con firmas como Bambi, Frimetal, Inelro y Briket.
El gobierno de Santa Fe viene impulsando líneas de financiamiento y mejoras logísticas para esa industria frigorífica con la mirada puesta en exportar, y sostiene una mesa sectorial que reúne a empresas y organismos de control.
La cadena de frío no es un detalle técnico para esta región: hoy el Gran Rosario es el nodo agroexportador líder del mundo, un liderazgo que se apoya, entre otras cosas, en la historia centenaria del negocio cerealero de la zona.
Ese liderazgo depende de mantener la temperatura correcta desde el silo hasta la bodega del barco. Por eso la habilitación de frigoríficos argentinos para exportar carne a mercados exigentes como China pesa tanto como el precio de la soja.
Argentina ratificó la Enmienda de Kigali en 2020 y ya empezó a congelar su consumo de HFC desde 2024, un paso previo a la reducción gradual que marca el cronograma internacional para los países en desarrollo.
La transición no es solo regulatoria: implica pasar a gases como el CO2, el propano o el amoníaco, usados hace décadas en la industria pero que exigen equipos rediseñados y personal capacitado en su manejo seguro.
Para las pymes metalmecánicas de la región, ese recambio de gases y equipos es una oportunidad concreta: fabricar tecnología de frío más eficiente y exportarla, no solo abastecer al mercado interno.
También tiene un costo. Migrar de los refrigerantes viejos a alternativas de bajo impacto exige inversión en equipos, capacitación técnica y plazos de adaptación que no siempre coinciden con la caja de una empresa chica.
La discusión sobre cuántas empresas argentinas ya usan inteligencia artificial y cuántas logran hacerla rentable tiene un capítulo energético que rara vez se menciona: cada modelo entrenado necesita más frío detrás de escena.
El Protocolo de Montreal nació para tapar un agujero en la atmósfera. Cuatro décadas después, la urgencia ambiental que lo originó terminó convertida en un negocio que crece al ritmo de la inteligencia artificial y del apetito exportador de esta región.

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