El Brent ha empezado 2026 con sobresaltos, pero el pulso de fondo es más frío. Las tensiones geopolíticas siguen siendo capaces de mover el barril en pocas horas, aunque el promedio anual depende sobre todo de una cuenta: cuántos barriles se producen frente a cuántos se consumen. Y, en muchos escenarios, esa cuenta sale con signo positivo para la oferta.
Los pronósticos más recientes dibujan un abanico amplio, pero coherente. El Banco Mundial estima un Brent en torno a los 60 dólares de media en 2026, citando un exceso de curso y una demanda más lenta. La Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) prevé un precio incluso más bajo, en torno a los 56 dólares, ligado a subidas de inventarios. Una encuesta de analistas recopilada por Reuters sitúa el precio un tanto por encima, en torno a los 62 dólares, pero siguiendo la misma idea de que la sobreoferta dominará el escenario.
Por qué el excedente pesa en el promedio
En el mercado del petróleo, el “precio medio” suele ser menos dramático que el precio del día. En situaciones de escasez, cualquier interrupción puede pagarse cara; cuando hay excedente, el comprador se vuelve más exigente y los repuntes encuentran techo antes. Para 2026, la EIA mantiene un diagnóstico de superávit incluso tras revisar al alza el crecimiento de la demanda para este año, y ha llegado a cuantificar un excedente de 3,69 millones de barriles diarios para el conjunto del año.
Ese excedente, eso sí, no depende de un solo país. La oferta fuera de la OPEP+ sigue creciendo por proyectos ya lanzados y por las mejoras de eficiencia. Estados Unidos mantiene una producción resistente; Brasil suma barriles con nuevos desarrollos offshore; y Canadá, Guyana o Argentina aportan crecimiento adicional. La propia EIA ha señalado que el avance de la oferta no OPEP+ en 2026 se apoya, en gran medida, en Estados Unidos y Brasil, junto con otros productores de América, lo que amplía el “colchón” del sistema.
Al mismo tiempo, la OPEP+ conserva capacidad de maniobra. Puede recortar para sostener un suelo si el precio cae demasiado, pero también puede optar por devoluciones graduales de producción para defender cuota o responder a necesidades fiscales. Esa flexibilidad es clave en un año de excedentes, ya que reduce la prima de escasez. Así, el mercado internaliza que hay barriles disponibles y que la política de producción puede reaccionar.
El resultado práctico se ve en los inventarios. Cuando la producción supera al consumo, la diferencia termina en tanques, buques y reservas comerciales. Y, con los inventarios subiendo, la curva de precios tiende a normalizarse: los compradores no tienen prisa, los refinadores negocian con mucho más calma y los picos geopolíticos tienden a apagarse si no se traducen en una interrupción prolongada de oferta.
Demanda contenida y un comprador que solo se activa si el precio acompaña
La demanda mundial no está estancada, pero crece con moderación. La EIA proyecta para 2026 un aumento cercano al millón de barriles diarios, un ritmo positivo que, sin embargo, queda por debajo del empuje combinado de la oferta. En términos de mercado, eso significa que la demanda acompaña, pero no “se come” el excedente por sí sola.
Además, el consumo se vuelve más sensible al precio y al ciclo económico. Cuando el barril cae, reaparecen compras oportunistas y se reconstruyen inventarios; cuando sube, se frenan las importaciones marginales y se recurren a existencias. China es un ejemplo claro de esto. En 2025, su acumulación de crudo ayudó a absorber parte del excedente global, pero Reuters subrayó que ese papel depende de que el precio sea atractivo: con Brent barato, compra; con Brent caro, reduce importaciones y tira de stock.
A esa elasticidad se añaden tendencias de fondo: más eficiencia en flotas, avance de los vehículos híbridos y eléctricos, y madurez del consumo de carburantes en algunos mercados. El crecimiento se desplaza hacia segmentos como aviación y petroquímica, mientras que el transporte por carretera deja de ser el motor dominante en varias regiones. Por eso, 2026 se perfila como un año en el que el precio funciona como una válvula: baja lo suficiente para estimular la demanda marginal y, al mismo tiempo, limita la subida porque un exceso de oferta reaparece en cuanto el mercado se tensa.
Volatilidad alta, media o baja: lo que cambia para presupuestos y estrategias
Un Brent más bajo de la media tampoco garantiza un año tranquilo. De hecho, puede concentrar episodios de volatilidad: el mercado salta con el riesgo y retrocede con el balance. A finales de enero, el Brent superó los 70 dólares en un episodio asociado a temores sobre Irán, recordando que la prima geopolítica sigue siendo relevante. Pero si el mercado es excedentario, esos repuntes suelen necesitar continuidad para “mover” la media. Si la oferta no se interrumpe de forma prolongada, el precio tiende a volver a rangos más bajos.
Para las empresas que dependen de la energía, como las aerolíneas, las navieras o la industria intensiva en combustibles, un promedio más frío facilita planificación y mejora márgenes, aunque la volatilidad pueda encarecer las coberturas. Para los productores y los países exportadores, el promedio pesa en los ingresos y en la disciplina de inversión: se priorizan los proyectos de menor coste, se revisan los presupuestos y ganan relevancia las decisiones de la OPEP+.
En la esfera financiera, el matiz es separar dirección y distribución. Que el consenso apunte a una media moderada no significa que el camino sea lineal. En el trading de petróleo y gas, esto suele traducirse en más énfasis en gestión de riesgo: opciones para cubrir movimientos bruscos, spreads para explotar cambios de curva y coberturas escalonadas frente a eventos. También cobra valor el seguimiento de variables “micro” que en años tensos pasan a segundo plano, como paradas de refinerías, niveles regionales de inventario o ajustes de exportaciones.

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