Producción, genética y pasión: la fórmula de una cabaña ganadera 100% santafesina

El establecimiento "La Curva", ubicado en Ataliva, lleva más de un siglo ligado a la producción ganadera. Marcelo Audero, el continuador de una historia familiar, revela los secretos para mantener el legado

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El nombre parece haber estado escrito desde el comienzo. Sobre la ruta 34, en una zona donde el camino dibuja una pronunciada curva, se encuentra La Curva, un establecimiento que lleva más de 100 años vinculado a la ganadería.

Marcelo Audero es hoy uno de sus protagonistas. Pero cuando habla del campo, rápidamente aparece una figura fundamental: su suegro, Dolter Mateo Costa Maña, quien fue uno de los grandes impulsores de la actividad.

“Él fue realmente el hacedor de todo esto. Nosotros solamente estamos continuando”, cuenta Marcelo.

Costa Maña heredó también una historia ganadera. Su padre, Mateo, ya era productor. Y según recuerda Audero, cuando le preguntaba desde cuándo existía el rodeo en el establecimiento, la respuesta era sencilla: “Desde siempre”.

La ganadería estaba allí antes que ellos. Y la familia se encargó de darle continuidad.

Del Shorthorn al Angus y del Angus al Brangus

La historia productiva de La Curva también es la historia de una actividad que fue cambiando para adaptarse.

Hace más de un siglo, el establecimiento comenzó con Shorthorn, una raza que tuvo una fuerte presencia en la producción de carne y leche en Argentina. Con el tiempo llegó el Aberdeen Angus, que pasó a ocupar un lugar central en el rodeo.

Pero las necesidades productivas volvieron a marcar el rumbo.

Durante las décadas de 1990 y 2000, y particularmente con las exigencias vinculadas a la Cuota Hilton, apareció una dificultad: el peso de faena del Angus llegaba al límite requerido.

La respuesta fue buscar una alternativa. “Consultando con consultores ganaderos, el consejo fue absorber con Brangus”, explica Audero.

El objetivo inicial era alcanzar mejores pesos. Sin embargo, el paso del tiempo permitió descubrir otras virtudes de la raza.

Para Marcelo, el Brangus demostró ser especialmente adecuado para una región que, pese a sus excelentes campos agrícolas, presenta desafíos climáticos. “El Brangus soporta todo”, resume.

A eso se sumaron los buenos pesos al destete y una conversión que, según su experiencia, puede caminar a la par del Aberdeen Angus.

Producir en una zona agrícola sin abandonar la ganadería

La Curva cuenta con unas 380 hectáreas, de las cuales actualmente unas 150 están destinadas a la actividad ganadera. El resto se utiliza para agricultura, con cultivos de cosecha fina y gruesa.

La diversificación no fue solamente una elección productiva. También respondió a una necesidad económica.

“Fue una cuestión económica, una necesidad económica, en donde se tuvo que adaptar, reconvertir, para seguir produciendo”, explica.

Esa palabra —adaptación— atraviesa buena parte de la historia de Audero.

Porque producir carne implica trabajar con tiempos biológicos que no pueden acelerarse al ritmo de las necesidades económicas.

Dos años de espera detrás de un ternero

Para quienes miran la carne desde la góndola, el proceso puede parecer invisible. Para el productor, cada animal representa meses y meses de trabajo.

Audero explica que, desde el servicio de la vaca hasta la venta de un ternero, pueden pasar alrededor de 20 a 24 meses.

Primero está el servicio. Después, la gestación de aproximadamente nueve meses. Luego llega el nacimiento y, si se trata de un ternero destinado a destete, hay que esperar otros seis a ocho meses.

“Es poner, poner, poner, para ver de acá un tiempo largo”, sintetiza.

Por eso, la eficiencia se vuelve una condición indispensable.

Las condiciones climáticas, los mercados y los distintos escenarios económicos obligan al productor a revisar permanentemente sus decisiones. Pero hay cuestiones que, para Audero, no se negocian.

“La mitad del pedigree del animal entra por la boca”

En medio de márgenes ajustados, hay dos pilares sobre los que Marcelo no está dispuesto a resignar calidad: la nutrición y la sanidad.

Recuerda una enseñanza de un profesor de la escuela secundaria que quedó grabada en su memoria: “La mitad del pedigree del animal entra por la boca”.

Para él, la frase sintetiza una verdad productiva que pudo comprobar durante años. “La nutrición del animal no se negocia. Y la sanidad tampoco”, sostiene.

El razonamiento es sencillo: si la alimentación y la sanidad fallan, se pierde eficiencia y, con ella, rentabilidad.

En una actividad donde los tiempos son largos, un error de manejo puede tener consecuencias que aparecen mucho después.

La pasión como forma de resistir

La ganadería argentina atravesó décadas de cambios climáticos, comerciales, políticos y económicos. Audero cree que esa historia explica, en buena medida, quiénes continúan hoy produciendo.

Recuerda que el stock ganadero nacional alcanzó su máximo histórico en la década del 70, con alrededor de 61 millones de cabezas, y que desde entonces fueron numerosos los cambios que atravesó la actividad.

Para él, quienes permanecieron tienen algo en común. “El que realmente subsistió a todas estas décadas es porque ha sido ganadero”.

Y allí aparece una palabra que repite varias veces: pasión. “Es pasional”, afirma.

Porque el campo no se puede trasladar. Y tampoco se trata solamente de una inversión. Está el vínculo con los animales, con la tierra y con el deseo de mejorar generación tras generación.

“Querés producir, querés mejorarla, y es tu orgullo verla en la pista de mercado, en su momento valorada con precio”.

Una cabaña boutique que busca competir con calidad

La actividad de La Curva no se limita a producir carne. También trabaja con genética Brangus.

Audero define la propuesta como una suerte de “cabaña boutique”, con una producción acotada pero con una apuesta fuerte a la calidad.

La estrategia no pasa por producir grandes volúmenes, sino por intentar competir desde la genética y el nivel de los animales.

“Solamente apostamos muchísimo a la gran calidad, como para competir con lo de punta del resto de las cabañas más grandes”, señala.

En ese camino, cada animal representa años de selección, manejo y cuidado.

Y cuando llega el momento de llevar genética a una pista de remate, aparece otra lógica: el valor que el productor comprador esté dispuesto a asignarle.

El campo necesita personas que también amen el campo

Si hay un desafío que Audero considera tan importante como la nutrición y la sanidad, es el recurso humano.

En una región con fuerte presencia de la actividad tambera, conseguir y conservar trabajadores rurales se convirtió en una dificultad creciente.

“Es muy difícil captar y conservar mano de obra”, reconoce.

El problema, según su mirada, no es solamente económico. También tiene que ver con el vínculo que las nuevas generaciones mantienen con el campo.

Audero sostiene que quienes nacieron, vivieron y “mamaron” el trabajo rural son quienes tienen mayores posibilidades de desarrollar un verdadero apego por la actividad.

En cambio, quienes migraron a las ciudades por estudios u otros motivos muchas veces ya no encuentran el mismo vínculo cuando intentan regresar.

El resultado es una preocupación que comparten muchos productores: cuando llega el momento de reemplazar a quienes trabajan en el establecimiento, encontrar nuevos trabajadores capacitados y comprometidos se vuelve cada vez más difícil.

Mirar hacia adelante después de tantas vueltas

Planificar en ganadería nunca es sencillo. El productor puede diseñar una estrategia, pero después aparecen variables que no controla: el clima, los precios, las políticas económicas o las condiciones del mercado.

Por eso Audero habla de la resiliencia del ganadero.

“Son pasionales, son locos, o los dos”, dice entre risas.

Hoy, sin embargo, observa un escenario alentador. Espera que se mantenga la continuidad de las políticas que favorezcan la actividad y destaca la importancia de la apertura comercial y las exportaciones.

Para él, el mercado tiene una capacidad propia para ordenar valores a partir de la oferta y la demanda.

Pero también existe una particularidad que diferencia a la ganadería de otras actividades: el animal tiene una suerte de “fecha de vencimiento” biológica.

Un ternero no puede permanecer indefinidamente en una determinada categoría esperando el mejor precio. Si pasa el momento adecuado, puede perder valor para el siguiente eslabón de la cadena.

Por eso, producir también es saber leer los tiempos.

Todo lo que hay detrás de un kilo de carne

Al final de la conversación aparece quizás la reflexión más profunda de Audero. ¿Cuánto sabe el consumidor sobre todo lo que hay detrás de un kilo de carne?

Su respuesta es contundente: muy poco.  “Los que toman realmente dimensión son los que trabajan”, sostiene.

Porque antes de que la carne llegue a una góndola hubo una vaca que tuvo que ser buena madre, un ternero que tuvo que crecer, pasturas que debieron estar disponibles, sanidad, alimentación, genética, manejo y una enorme cantidad de decisiones tomadas durante meses.

Y también hubo incertidumbre. El productor puede levantarse una mañana y encontrarse con un problema que no estaba previsto o con un cambio en las condiciones que modifica todo lo que había planificado.

La carne, entonces, no comienza en el frigorífico ni termina en el campo.

Es el resultado de una cadena de trabajo extensa, biológica y humana. Un toro no vale solamente por lo que pesa. En la producción de genética, esa historia se vuelve todavía más evidente.

Audero explica que detrás del valor de un toro existe una cantidad de generaciones de mejoramiento. Pero también un trabajo cotidiano que comienza desde el nacimiento.

El animal debe tener buenos aplomos, un estado corporal adecuado y condiciones que le permitan cumplir con su función productiva.

“Es un deportista”, explica. Y como todo deportista, requiere cuidado.

Una lesión, un problema muscular o articular puede afectar su desempeño y también su capacidad de conversión de alimento.

Por eso, cuando un productor observa un toro en una pista y se pregunta cuánto vale, Audero propone mirar mucho más allá del animal que tiene delante.

Hay generaciones de selección detrás. Hay alimentación. Hay sanidad. Hay manejo. Hay tiempo.

La Curva, una historia que todavía se está escribiendo

Más de un siglo después de aquellos primeros pasos, La Curva continúa produciendo en Ataliva.

Cambió la genética. Cambiaron los mercados. Cambiaron las condiciones climáticas y económicas. Cambió la superficie destinada a cada actividad. Pero permanece algo esencial: la decisión de seguir.

Marcelo Audero es parte de una historia familiar que no comenzó con él y que, seguramente, tampoco terminará allí.

En sus palabras aparece una idea que resume buena parte de la identidad ganadera: el productor que permanece es el que logra adaptarse sin perder aquello que considera irrenunciable.

En La Curva, eso significa seguir produciendo carne, apostar por el Brangus, cuidar la nutrición y la sanidad, trabajar sobre la genética y sostener una actividad que, para quienes la viven desde adentro, es mucho más que un negocio. Es una forma de vida.

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