Cada 21 de julio se celebra el Día Mundial del Perro, una fecha instituida en 2004 por la organización internacional hoy conocida como World Animal Protection. Nació con un objetivo concreto: frenar el abandono y empujar la adopción.
La elección de la fecha no fue casual. Julio concentra en el hemisferio norte el pico de animales dejados en la calle, cuando las familias salen de vacaciones. Una efeméride pensada, en su origen, para tapar un agujero de responsabilidad.
Veintidós años después, la fecha funciona también como otra cosa: la vidriera anual de una industria que en la Argentina factura en dólares y tiene sus fábricas a pocos kilómetros de acá.
Los números ordenan la discusión. Según relevamientos del sector, en 2024 el país consumió alrededor de 800.000 toneladas de alimento balanceado para perros y gatos, equivalentes a unos 2.200 millones de dólares.
Eso ubica a la Argentina en torno al decimocuarto puesto del mercado global de petfood. No es un dato menor para un país que suele aparecer en los rankings agroindustriales por lo que exporta a granel y no por lo que transforma.
La base de la demanda es cultural antes que económica. Un estudio de Kantar midió que ocho de cada diez hogares argentinos conviven con una mascota, y que el alimento balanceado se lleva cerca del 90% de lo que esas familias gastan en ellas.
Ahí aparece el fenómeno que los consultores llaman humanización. El perro dejó de comer sobras y pasó a tener dieta segmentada por edad, raza, tamaño y patología. Cada segmento nuevo es, en los hechos, una góndola nueva.
Peter Drucker sostenía que "el propósito de un negocio es crear un cliente". La categoría mascotas hizo exactamente eso: inventó consumidores donde antes había un plato con restos de la cena.
El eslabón productivo tiene domicilio conocido. Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba concentran los mayores centros de elaboración del país, y seis de los cincuenta principales productores mundiales del rubro operan en territorio argentino.
Que la geografía coincida con el núcleo maicero y ganadero no es casualidad. El petfood es, mirado de cerca, una forma sofisticada de agregar valor a la materia prima del campo, la misma lógica que recorre al entramado agroindustrial de la región.
El caso santafesino más citado es el de la Cooperativa Guillermo Lehmann. En marzo de 2025 inauguró en el parque industrial de San Jerónimo Norte su planta LOKAL, con una inversión informada superior a los 6 millones de dólares.
La capacidad declarada entonces era de 2,5 toneladas por hora de alimento extrusado, con doce empleos directos iniciales y una proyección de cuarenta a medida que el proyecto madurara. Una cooperativa agropecuaria clásica entrando a una categoría de consumo masivo.
El movimiento tiene lógica financiera. Vender maíz es quedar atado al precio internacional; venderlo convertido en croqueta premium con marca propia es disputar un margen que no depende de la pizarra de granos.
Pero el cuadro tiene una sombra que conviene no maquillar. Las exportaciones argentinas de alimento para mascotas cayeron alrededor de un 32% entre 2021 y 2025, un retroceso que el propio sector atribuye a presión impositiva y costos internos.
La comparación regional incomoda. Desde la industria señalan que resulta difícil competir con Brasil, Paraguay y Chile, donde la carga fiscal sobre el producto terminado juega a favor del exportador.
De ahí que los análisis sectoriales para 2026 no proyecten un año de crecimiento por volumen, sino una pelea por el valor por kilo. Traducido: menos bolsas y más margen por bolsa.
Para una pyme regional, esa distinción cambia la estrategia entera. Competir contra las plantas grandes por precio y tonelaje es una pelea perdida; competir por fórmula, trazabilidad, dieta veterinaria o canal propio abre otra conversación.
El otro frente donde algo se mueve es el de los servicios. La inteligencia artificial ya se está metiendo en el diagnóstico veterinario por imagen, con plataformas que analizan radiografías y citologías buscando patrones difíciles de ver a simple vista.
Vale la pena mirarlo sin entusiasmo automático, porque en el universo empresario argentino la adopción de IA corre muy por delante de su rentabilidad efectiva.
La síntesis es incómoda y por eso interesante. Tenemos la materia prima, tenemos las plantas, tenemos un mercado interno con penetración altísima y tenemos, al mismo tiempo, exportaciones en retroceso.
Es la misma ecuación que resuelven las pymes santafesinas cuando deciden industrializar un commodity local para salir al Mercosur en vez de venderlo crudo.
Un día inventado para que no abandonen perros terminó siendo, sin proponérselo, el termómetro anual de una de las cadenas de valor agregado más silenciosas del interior productivo.

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