Hoy, 29 de octubre, se cumplen noventa y siete años de una de las jornadas más temidas de la historia económica moderna: el Martes Negro de 1929, el día en que Wall Street se derrumbó y arrastró al mundo entero hacia la Gran Depresión.
Aquel 29 de octubre, el índice industrial Dow Jones cayó cerca de un 12% en una sola rueda, luego de varios días de ventas en pánico que arrancaron el llamado Jueves Negro, el 24 de octubre.
En menos de una semana se evaporaron unos treinta mil millones de dólares de valor bursátil, una cifra que en ese momento superaba el gasto anual completo del Estado norteamericano.
La caída no terminó ahí. El mercado siguió derrumbándose durante casi tres años, hasta perder más del ochenta por ciento de su valor, y tardaría un cuarto de siglo en recuperar los niveles previos a la crisis.
El fantasma de 1929 y la euforia por la IA
Detrás del derrumbe había una mezcla que cualquier empresario reconocería hoy: entusiasmo desmedido, compras financiadas con deuda barata y la convicción colectiva de que los precios solo podían subir.
Esa combinación —euforia, apalancamiento y una historia que suena demasiado buena para fallar— es exactamente la que hoy vuelve a aparecer en los análisis sobre la carrera de las grandes tecnológicas por la inteligencia artificial.
El inversor Ray Dalio, fundador de uno de los fondos más grandes del mundo, lo resumió sin vueltas: "Estamos en una burbuja".
Dalio llegó a comparar el clima actual de los mercados con 1929 y con la burbuja de las empresas de internet de principios de siglo, aunque aclaró que el desenlace podría ser distinto.
Nada de esto significa que la inteligencia artificial sea una moda pasajera ni que el mercado esté condenado a repetir la historia al pie de la letra.
Significa, más bien, que la euforia inversora tiene patrones que se repiten, y que reconocerlos a tiempo podría ser la diferencia entre capitalizar una tendencia y quedar atrapado en ella.
Lecciones de riesgo para el inversor y la empresa
Para quienes administran una empresa o manejan ahorros propios, la efeméride de hoy funciona como un buen disparador para revisar algunas preguntas incómodas.
¿Cuánto de nuestra decisión de invertir en determinado activo responde a un análisis propio y cuánto responde, simplemente, a que todos los demás lo están haciendo?
¿Estamos diversificados o concentramos demasiado capital en una sola apuesta, por prometedora que parezca? Son las mismas preguntas que casi nadie se hizo en el verano de 1929.
El crack del 29 también dejó una enseñanza institucional: obligó a crear reguladores de mercado y reglas de transparencia que hasta entonces no existían en Estados Unidos.
Podríamos pensar que esa historia es ajena a estas latitudes, pero las bolsas están hoy más interconectadas que nunca, y un tropiezo en Wall Street rara vez se queda solo ahí: la volatilidad también golpea a los mercados locales.
Hace apenas semanas, un informe advertía sobre un golpe fuerte a las acciones vinculadas a la inteligencia artificial, lo que reavivó el debate sobre si la inversión en el sector está sobredimensionada.
Otros análisis prefieren hablar de un espejismo dentro de la fiebre inversora más que de una burbuja total, un matiz que no es menor para quien decide dónde poner su capital.
Tampoco es la primera vez que una crisis financiera reciente sirve de advertencia: la lección de riesgo que dejó la caída de Lehman Brothers hace casi dos décadas vuelve, otra vez, a estar sobre la mesa.
Nadie puede asegurar si la inteligencia artificial terminará como internet después de su propia burbuja —transformando la economía real una vez pasada la fiebre— o si dejará, en el camino, una factura parecida a la de 1929.
