El 28 de octubre de 1892, en el Musée Grévin de París, un ingeniero francés llamado Charles-Émile Reynaud proyectó algo que nadie había visto antes: dibujos que se movían, contaban una historia y entretenían a un público pagador.
Esa función es, para buena parte de los historiadores del cine, el primer espectáculo de animación de la historia. Por eso, cada 28 de octubre se celebra el Día Mundial de la Animación, instituido en 2002 por la Asociación Internacional de Cine de Animación.
Ciento treinta y cuatro años después, esa curiosidad de feria se convirtió en una industria global que mueve miles de millones de dólares al año, impulsada por el streaming, los videojuegos y los efectos visuales.
Distintos informes de consultoras especializadas coinciden en que el negocio de la animación crece a tasas de dos dígitos por año, con Asia y Estados Unidos como motores, pero cada vez más repartido entre estudios chicos y medianos de todo el mundo.
Ese reparto es la clave del asunto. La inteligencia artificial generativa bajó de golpe el costo de producir animación: generación de fondos, coloreado automático e inbetweening —el relleno de fotogramas entre dos poses— ya se automatizan en gran medida.
En 2023, el cofundador de DreamWorks Animation, Jeffrey Katzenberg, lanzó una proyección que todavía se discute en la industria: "el costo de hacer una película animada va a ser un 90% menor en los próximos tres años".
Esa cifra, tres años después, sigue siendo más una hipótesis de trabajo que un hecho comprobado. Pero la dirección del cambio no se discute: hacer animación hoy exige menos gente y menos tiempo que hace una década.
Esa reducción de costos es una moneda con dos caras para economías como la argentina, que construyeron una porción nada despreciable de su comercio exterior ofreciendo animación, videojuegos y efectos visuales a estudios de todo el mundo.
Esa porción forma parte de la economía del conocimiento, un complejo exportador que —junto con el software y los servicios basados en conocimiento— emplea a cientos de miles de personas en el país.
La pregunta de fondo es si la inteligencia artificial erosiona esa ventaja o la potencia. Si producir una escena cuesta menos, pueden encargarse más proyectos, pero también se necesita menos mano de obra para cada uno de ellos.
En ese escenario, el valor se corre hacia la dirección creativa, el diseño de personajes y la narrativa: lo que una máquina todavía no sabe inventar desde cero sin que alguien le marque el rumbo.
Para estudios, productoras y freelancers de Rosario y la región, eso cambia las reglas de un juego donde durante años compitieron casi exclusivamente por tarifas más bajas que las de Estados Unidos o Europa.
Hoy compiten también contra herramientas de inteligencia artificial que cualquier estudio, en cualquier país, puede incorporar a su flujo de trabajo con una suscripción mensual y una curva de aprendizaje de pocas semanas.
El negocio del contenido audiovisual también cambió de forma. El consumo de series y películas por streaming sigue siendo un motor enorme de demanda de animación, aunque las plataformas ajustan presupuestos y catálogos todo el tiempo.
A eso se suman los videojuegos, que en Argentina explican una parte creciente de las exportaciones de servicios basados en conocimiento, y que comparten con la animación buena parte de sus herramientas y su talento humano.
Como ya pasó con otras industrias que la inteligencia artificial viene transformando, la ventaja no va a quedar del lado de quien tenga la herramienta más barata, sino de quien la use con criterio propio.
Capacitar diseñadores, animadores y guionistas en el uso de estas herramientas —y no solo en el dibujo técnico tradicional— empieza a ser tan importante como dominar un software puntual de animación.
Lo que empezó como una función de diez minutos en un museo parisino sigue, siglo y medio después, marcando el ritmo de una industria que todavía no termina de decidir si la tecnología la va a achicar o a agrandar.
